25/7/12

'Cómo ganar una Palma de Oro en Cannes', por Cristian Mungiu


Hace tiempo que vi esta peli en la tele. Debía ser en La 2, porque esta peli es muy de La 2. Y eso que a mi me gustan las pelis de La 2, e incluso si pillo algún documental de animales lo veo. Soy un tipo sensible, concienciado, creativo y tal. Pero el film de Mungiu transita peligrosamente sobre la linea que separa el cine de autor comprometido de la estafa. Convierte el cine de autor en una fórmula, en un género. Puedo ser benévolo y pensar que sus largos planos y sus silencios sirven para crear un ambiente malsano y subrayar el aislamiento. Pero tambien puedo ser malvado y pensar que sirve para estirar el escaso material dramático y darle un barniz de auteur.

-          Oye, que no tengo suficiente trama…
-          Tranqui, que la estiro a base de planos sostenidos y silencios eternos.
-          Pero es que tampoco tenemos un buen final.
-          No te agobies, cortamos la película por cualquier punto, tras otro plano sostenido y otro silencio eterno, que eso siempre deja al espectador pensando.
-          Fijate, lo que sí me gusta es que tenemos es un tema potente, el aborto ilegal, y la voluntad de retratar cierta problemática social
-          Sí, sí, eso está muy bien, pero a mi lo que me interesa es lo truculento del asunto, aquí se trata de provocar, de escandalizar, tronco. Ya estoy viendo un largo plano sostenido del cirujano (que es importante que sea un tipo como muy seco y desagradable, si no no funciona) metiéndole el brazo hasta el tuétano a la chavala para matar (ojo que esto es fuerte, ¿eh? “matar”) al feto. Y luego va ella, y pasando de lo que le ha advertido el tipo ese, va y lo tira…agárrate, ¡por el vater! ¡Esto triunfa en Cannes fijo!

Y así fue como Mungiu se la metió doblada a todo el gafapastismo crítico de Cannes y se llevó la Palma de Oro. 

Lo único salvable: que sale Vlad Ivanov, el mafioso ruso Traian de 'Crematorio'. Y eso ya es mucho…
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Nolan, el 'auteur' pelomitero


Conste que aún no la he visto y que la tengo pendiente, pero por las críticas que voy leyendo al respecto, no me faltaba demasiada razón sobre los delirios de grandeza que empezaba a acusar Nolan en la super 'hypeada' 'El Caballero Oscuro'. Recupero mis palabras al respecto en 2008:

"'El Caballero Oscuro' me parece excesiva en su metraje, y en la cantidad de frentes que mantiene abiertos, subtramas y elementos argumentales que contiene [...] quizá pretende abarcar demasiado y al final el film se hace mareante y largo hasta el hartazgo.."

Bueno, pues parece que el bueno de Nolan, sigue por la misma senda, porque leo por ahí sobre el nuevo Batman:

"La severidad del relato acaba por asfixiarlo, y a «El caballero oscuro» le cuesta avanzar . La grandilocuencia de su  dispositivo narrativo estropea la  elegancia de su puesta en escena. A Nolan le conviene tomarse vacaciones." (Sergi Sánchez: Diario La Razón)

"Prolijo Nolan, incapaz de contar una historia de manera sencilla si puede complicarla. Ambicioso Nolan que todo lo quiere a lo grande, incluso los errores. Cerebral Nolan, con una frialdad que limita su innegable pasión por el personaje. La desmesura es su divisa, sin espacio para la sutileza o la ironía. La desmesura, sí. Tan sólo por eso tiene mérito esta tercera entrega de las aventuras de Batman a cargo de Nolan, un director que lo hace todo a lo grande. Incluso equivocarse." [esto último me encanta...¡ojalá lo hubiera firmado yo!] (Salvador Llopart: La Vanguardia).

Preguntaría "¿soy el único que ve que, últimamente, Nolan tiene tendencia a excederse y a pretender cambiar el cine con cada película y que, aunque tiene un estilo MUY apreciable, todo lo que hace está sobrevalorado? Pero ya veo que no, no soy el único. 
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18/7/12

Nader y Simin, una separación (Asghar Farhadi, 2011)



A falta de otras emociones (y mi vida actual carece totalmente de ellas), últimamente estoy en plan devorador de cine. Dicen que más vale sólo que mal acompañado, y el cine es la mejor compañía que uno se puede procurar cuando nada en el mundo exterior te estimula. Será que el cine es demasiado emocionante, o será que la vida es demasiado aburrida.

En cualquier caso, voy a un ritmo de una o dos pelis por día, y hoy (a falta de ver si esta noche cae otra), le ha tocado el turno a “Nader y Simin, una separación”, cinta iraní ganadora del Oscar al mejor film de habla no inglesa este año. Había leído críticas muy buenas acerca de ella, y lo cierto es que no me ha defraudado.

No os asusteis: a pesar de su nacionalidad, no estamos ni ante un film de militancia social ni política, ni ante un complejo cine de autor, ni ante una historia indescifrablemente local. Al contrario, el guión es bastante académico y la historia, universal, aunque no faltan los detalles locales (las imposiciones del islam, por ejemplo) que enriquecen el conjunto, y que incluso a veces son determinantes.

Simin y Nader son un matrimonio con una hija en común. Simin quiere aprovechar que le han concedido el visado para abandonar Irán, pero choca con la obstinación de Nader en quedarse para cuidar de su padre, enfermo de Alzheimer. Simin quiere divorciarse, pero Nader no quiere que se lleve a su hija con ella. Ante la insostenible situación, ella se muda a vivir con sus padres, y él debe contratar a una mujer para cuidar de su padre mientras él trabaja. Y así es como el conflicto entra en casa de Nader, un conflicto que acabará salpicando la ya deteriorada relación entre él y su mujer, y por extensión a la hija de ambos, y que implicará también a la cuidadora y a su violento marido.

"Agarradme, que me mata"

El film de Asghar Farhadi (autor también del guión) plantea un conflicto a muchas bandas. Me ha recordado a “Casa de Arena y niebla”, cuyo motor también era el conflicto personal, el choque de intereses, la escalada violenta entre personajes esencialmente buenos pero enfrentados por la cuestión dramática. Si en aquella, dicha cuestión era meramente económica (aunque subyacían otros factores), en este caso se trata de algo más personal, más visceral: el marido de la mujer que Nader contrata para cuidar a su padre está convencido de que Nader es el culpable del aborto de su mujer al haberla agredido. Es este uno de esos films en los que el ‘centro del mal’ no es fácilmente identificable, ya que surge de una situación envenenada, que se va envenenando más a cada escena, a causa de los motivos y reacciones de cada personaje, de su subjetividad, que los lleva a enfrentarse para defender lo que consideran suyo. Unos, su honra, otros, su verdad. Los personajes están continuamente sometidos a dilemas morales, y con ellos el espectador.


La realización de Farhadi es fluida, y hay que destacar la naturalidad de los actores. Todos están excepcionales, sobre todo Peyman Moaadi como Nader, un auténtico ‘santo job’ que soporta todo tipo de situaciones injustas, de acusaciones e insultos con tal de defender su verdad, su inocencia más allá de interpretaciones legales. Nader es uno de los personajes más dignos, nobles y a la vez más humanos que recuerdo últimamente. Difícil no empatizar con él, a pesar de cierta ‘pachorra’ que a veces llega a ser algo desesperante.

Totalmente recomendable. Un film poliédrico en el que la separación del título genera un efecto dominó cuyas consecuencias van más allá del conflicto de pareja y las consecuencias sobre los hijos, sino que se reflejan también en el choque con el vecino.

El plano final es una dolorosa delicia. Nos deja sin saber, pero, ¿qué mas da? El conflicto ya ha sido planteado y desarrollado en toda su extensión.

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27/5/12

Mi filmoteca: Gente corriente (1980)


Ya se sabe que cuando a los gurús del guión les da por uno, no hay quien los saque de los mismo ejemplos. Y Robert McKey, en su libro “El guión”, destripa constantemente el de este film, ganador del Oscar en 1980, escrito por Alvin Sargent, y basado en la novela de Judit Guest. Por eso me decidí finalmente por verla, y me he encontrado con un peliculón de los que te marcan. Por dos cuestiones: por su sensible e inquietante tratamiento de la depresión y la insana relación madre-hijo que dibuja.
En el cine hemos visto esposas adúlteras, esposas que abandonan hogares e hijos, aunque luego vuelvan para pedir su custodia (Kramer vs. Kramer, Robert Benton, 1979) madres sobreprotectoras hasta la psicosis y hasta alguna aberración escalofriante (Los Límites del silencio, Tom McLoughlin, 2001) en esa relación madre-hijos. Pero entre todos los conflictos imaginables, los más manidos y los más originales, el cine, como la sociedad, apenas ha osado cuestionar lo incuestionable: el amor de una madre por sus hijos. Pero ¿qué pasa cuando una madre no quiere a su hijo, no le escucha, prácticamente le ignora, pero ni siquiera tiene agallas para decirle a la cara que no siente por él más que rencor? ¿Qué pasa cuando ese hijo tiene problemas psicológicos y necesita el apoyo de sus padres, y su madre se comporta como esa chica a la que queremos acercarnos pero que no nos hace demasiado caso, y se limita a intercambiar algunas frases por compromiso? ¿Qué pasa cuando una madre, sencillamente, no ejerce de madre? Pues pasa que tenemos un conflictazo, un personaje odioso (un caramelo que se come Mary Tyler Moore), uno de los polos de una de las relaciones más dolorosas e inquietantes que he visto nunca en la gran pantalla. Una relación que en cierto sentido, nada tiene de corriente.
Y sin embargo, el título del primer film como director de Robert Redford (posiblemente el mejor) es una declaración de intenciones: en efecto, no estamos ante un melodrama maniqueo, sino ante un drama real, sobre gente imperfecta, sobre animales heridos.
La interpretación de un joven Timothy Hutton (que le valió un Oscar) encarnando a Conrad, el adolescente atormentado por la muerte de su hermano (de la que se siente culpable) es, sencillamente, escalofriante. Por su parte, Donald Sutherland y Mary Tyler Moore como los padres, están espléndidos. Él es Calvin, un buen hombre, un trozo de pan que lo único que quiere es mantener a su familia unida. Ella es Beth, una mujer dura y fría como el acero, que apenas oculta su resentimiento hacia Conrad por la muerte de su primogénito.
Aunque quizá peca de obvia o exagerada en algún momento a la hora de dibujar el desencuentro madre-hijo, el film tiene escenas que (será que por alguna cuestión me ha tocado la fibra) dan más miedo que las pelis de miedo: ese momento descaradamente incómodo entre Beth y su hijo cuando Calvin se empeña en hacerles una foto juntos, esas conversaciones (cuando no están discutiendo) también incómodas y dolorosamente triviales que reflejan ese total desencuentro. “Simplemente, no conectamos”, dice Conrad. Yo ya había conectado por siempre con este dramón cuyo final te deja tan frío como aliviado, y que ya forma parte de mi filmoteca. Recomendable 100%.

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11/5/12

'Monsieur Lazhar' (2011): una lúcida, sosegada y emotiva reflexión sobre nuestros valores educativos y vitales

Una profesora se ahorca en una clase de primaria. Los niños deberán convivir a partir de ahora con ese doloroso recuerdo, con la idea de la muerte, con conceptos que les sobrepasan a su corta edad y que les dejaran, en cualquier caso, una huella indeleble. La política del colegio es intentar olvidarlo todo, alejar a los niños de lo sucedido. Pero el profesor sustituto, el ‘monsieur Lazhar’ del título, un refugiado argelino, cree más conveniente que los niños aprendar a convivir de una forma natural con ello. Tras leer un discurso escrito por una de las alumnas (en una escena apabullante), en el que habla del suicidio de su maestra de una forma tremendamente lúcida y desgarradora, la directora del centro prohíbe a Lahzar hacer copias y distribuirlas, en pos del respeto por la difunta. “¿Y ella, fue respetuosa con ellos cuando se colgó en medio de la clase?”, es la respuesta de Lahzar.

En la anterior escena radica una de las claves de un film que habla sobre cómo gestionar el recuerdo de algo tan doloroso y violento como un suicidio: ¿afrontándolo o enterrándolo? La propensión de Lazhar a exponer el tema incomoda a los padres y demás profesores, poniendo, continua pero suavemente, el dedo en la llaga, violentando unos valores culturales que pretender desterrar la idea de la muerte, negarla.

La otra gran cuestión de fondo del film es su reflexión sobre el sistema educativo (occidental, se entiende). No es difícil suponer la estrategia narrativa del director en este punto: colocar el mensaje central del film no en boca de Lazhar (lo cual resultaría demasiado obvio y moralizante), sino de uno los personajes con menos crédito de la función, de aquellos que uno no se toma demasiado en serio. Gastón, el profesor de educación física (algo así como un gañán a la francesa) se queja lúcidamente: “tratamos a los niños como si fuesen residuos radiactivos”. Esta se revela cómo la idea central del film: ya no se puede pegar, pero en el otro extremo, tampoco abrazar a un alumno, desterrando los sentimientos y la implicación emocional de las aulas. La revelación final del (algo previsible) misterio sobre el suicidio de la anterior profesora acaba de poner el acento en esta problemática. Tampoco se debe educar, tan solo enseñar, como le espeta uno de los padres a Lazhar. Y eso que no dan “Educación para la ciudadanía”…
Al contrario de lo que pueda sugerir su premisa inicial, ‘Monsiuer Lazhar’ no transita por el lado sensacionalista de la misma. Al contrario, el nuevo film del canadiense Philippe Falardeau, lejos de explotar las vías que abre dicha premisa, destaca por su sutileza, apuntando sin subrayar. Por ejemplo, el trágico pasado de Lahzar, que (aunque nos imaginamos) sólo conocemos mediante insertos de su declaración en los juzgados en los que pide el asilo político. O la incipiente e improbable relación entre Lahzar y Claire (Brigitte Poupart), otra profesora del centro que se interesa por él; o la ‘conexión magrebí’ con uno de los alumnos; ni siquiera explota el previsible choque cultural ni las posibilidades cómicas y dramáticas del “pez fuera del agua”.

En cierto sentido, tanta sutileza también juega en su contra, ya que el libreto adolece de los problemas (o convicciones, según se mire) narrativos clásicos del cine de autor europeo o europeizado. ‘Monsieur Lazharno tiene grandes giros, ni unos conflictos demasiados potentes. De nuevo tema sobre trama. El film simplemente sigue una línea pausada, una progresión en la que Lahzar va venciendo los escepticismos de los demás maestros y de los padres, y va ganándose el corazón de los pequeños, necesitados de la calidez y la comprensión que les aporta su nuevo profesor. Y el espectador no puede evitar ir enamorándose de este entrañable profesor, hasta llegar a un final emotivo pero, a mi entender, algo precipitado.

Las fantásticas actuaciones de Mohamed Fellag (abandonando su registro cómico) y los infantes Sophie Nélisse (ojo a esta niña, porque además de buena actriz amateur es una preciosidad) y Émilien Néron, con sendas escenas sobrecogedoras, son las otras grandes bazas de un film impregnado de la personalidad de su protagonista: entrañable, contenido, obstinado y esencialmente bondadoso.

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5/4/12

El hombre sin pasado (2010): Otro baño de sangre fácil a la coreana, esta vez aderezado con gases lacrimógenos


Después de la excesiva “I saw the Devil”, la gran decepción que me supuso “The Yellow Sea”, y tras el visionado ayer de “El hombre sin pasado”, ya es oficial: el cine de acción coreano no es para mi. Ciertamente, no alcanzo a comprender, ya no la excelencia, sino ni siquiera el éxito de este tipo de cintas: historias simples y huecas, meras excusas para la casquería gratuita (no pueden faltar el cirujano carnicero o similar, ni el secuaz sanguinario que disfruta con su trabajo) y cool (le ponemos un traje al prota y listo); nulo sentido de la realización de todo lo que no sean escenas de lucha (que, por buenas que sean, y tampoco es el caso, NUNCA pueden salvar una película), fotografía digital más fría y plana que los personajes (y eso es mucho decir), tramas que se explican a base de diálogos (mayormente, de los policías que siguen el caso, encargados de explicar qué carajo está pasando) que al final me dan igual porque de lo que se trata, y no lo digo yo, parece decirlo el propio director con cada plano, es de verlos hostiarse o sacarse (literalmente) los ojos. ¿Dónde están los valores de este cine? Que alguien me lo explique, porque yo no entiendo nada. Buscando no se qué sentido de la tensión y el thriller, a mi estas pelis lo único que me generan es aburrimiento. El cine señores, incluso el cine de acción, debe estar sustentado por una historia con valores, con emociones en juego. “¿Emociones? Ah, pues entre escena y escena de lucha meto a una niña adorable con cara de perrito abandonado diciendole al prota “Nadie me quiere, pero no pasa nada, entiendo que usted tampoco me quiera, si es que me lo merezco. Adios. Bueno, podría quererme un poquito, por favor?”. Esto le arranca una lágrima al público seguro”. Pero por Dios, ¿Dónde ha aprendido esta gente a escribir guiones? La escena en cuestión es lo que se viene llamando un momento lacrimógeno, que me hizo revolverme en mi asiento, pero de auténtica vergüenza ajena. En fin, que no han entendido nada. Haganse un favor y échenle un vistazo a 'Drive'. Creo que llevan tiempo intentando hacer algo parecido. 
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21/2/12

Drive (2011): un genial Ryan Gosling conduce una de las pelis de culto del año pasado


Varias cosas hacen de Drive una de las películas más estimulantes de los últimos tiempos, y casi todas tiene que ver con la arriesgada apuesta de Winding Refn de ir a contracorriente del cine actual e incluso del propio genero: su homenaje al heroe romántico, su apuesta por los silencios, su puesta en escena pausada, estilizada e hipnótica, y cierta (sólo cierta) estética ochentera, básicamente en su banda sonora y sus títulos de crédito. Todo ello conforma lo que se ha llamado un ejercicio de neonoir, y explica su encumbramiento instantáneo (quizá algo exagerado) como peli de culto.

Habrá quien piense que ese conductor sin nombre interpretado por Ryan Gosling es demasiado plano, y no le faltará razón: apenas sabemos nada de él (ni siquiera su nombre) y su gesto hierático y sus silencios parecen una barrera infranqueable para llegar a conocerle. Sin embargo, a veces es preferible saber poco de un personaje y quedarse con ganas de saber más de él (algo que parece que sí sucede en la novela de James Sallis, adaptada por Hossein Amini), que saberlo todo de otros personajes carentes de interés que pueblan las pantallas hoy en día.

Y es que ‘Drive’, lejos de esa corriente de la narrativa que dice que los personajes deben mostrar su interior, deben evolucionar y ‘aprender’ algo por el camino, parece beber de la tradición del héroe de acción pétreo, de ese romanticismo del tipo duro de toda la vida incapaz de cambiar, y me recuerda particularmente a la figura del cowboy, condenado por su propia naturaleza solitaria y su incapacidad para establecer relaciones exentas de violencia, o hasta cierto punto al mítico guardaespaldas interpretado por Kevin Costner en el film de los 90, ese tipo duro emocionalmente disciplinado, que arrastra un tremendo trauma de romper todo lo que toca, o incluso a un Dexter menos amable y sin una voz en off que nos ayude a comprenderle. Eulàlia Iglesias, en Cahiers du Cinema, aporta algo más de luz a la impenetrable psicología de este conductor, cuando habla de su “insospechada capacidad para la agresividad y el retraimiento de quien se sabe condenado por ello”. Su hieratismo es como un esfuerzo de contención, como un intento de evitar que el escorpión que lleva en la chaqueta (un icono pop fílmico desde ya) lance su picadura mortal sobre la rana.

La relación que establece con Irene (Carey Mulligan, ahora en 'Shame') también puede parecer plana, poco desarrollada y algo arquetípica, pero hay algo que la hace especial: se dicen más con los silencios que con las palabras. Y eso hoy en dia, es mucho decir.

Hay besos que hacen perder la cabeza...

Mención aparte merece la maravillosa, casi lynchiana, puesta en escena de Winding Refn. En los tiempos de The Fast & the Furious, Transporter, y todas sus adrenalíticos (y estúpidos, con perdon) sucedáneos, la primera escena de Drive es un tutorial sobre cómo generar tensión sin quemar tanto carburante, usando tanto el cerebro y la pausa para construir una escena de acción (se diría que interior) como el mismo conductor para escapar de sus perseguidores. A continuación, unos títulos de crédito al ritmo de sintetizadores (genial la BSO, que podeis escuchar aquí), para un film que se queda con lo mejor de la (a veces muy hortera) estética ochentera y la estiliza. Tiene ‘Drive’ cierta cualidad hipnótica que me encanta (¡esas escenas de acción en un sordo ralentí!), y que debe mucho también a la excelente fotografía de Newton Thomas Sigel .

Sin embargo, no les falta a los que critican el film de Winding Refn por su violencia gratuita. No nos engañemos, así como el éxito de Pulp Fiction se debió, entre otros muchos factores, a su violencia tan estilizada y desdramatizada, Drive ganará muchos adeptos por la misma razón. Los baños de sangre cool (si tienen cierto poso existencial, como en este caso, mejor), suelen gustar. Pero en mi opinión, era innecesaria tanta sangre fácil que, si por un lado subraya la ‘naturaleza fatalmente violenta’ del protagonista, a veces está fuera de lugar (¡¡atención, spoiler!!): ¿es coherente que un villano al que se pretende humanizar mediante la duda, la comprensión y el remordimiento le clave un tenedor en el ojo y apuñale en la garganta a un secuaz para eliminar un testigo? ¿Desde cuando un crimen estratégico es pasional? Sí, la escena del ascensor mola mazo, pero ¿realmente le reventaríamos el cráneo a pisotones a un enemigo ante la chica de nuestros sueños, sin pensar que podríamos llegar a asustarla un pelín? Es en estas incoherencias donde se le ve el plumero a Winding Refn en su (innecesario) intento de que su peli sea todavía más ‘molona’ o impacte más por la vía sangrienta.

¿Es Walter White? ¡No, es el genial Bryan Cranston!

En cuanto al reparto, Gosling está excelente logrando expresar mucho con muy poco,Carey Mulligan se defiende bastante bien, y el elenco de secundarios es genial: Albert Brooks da auténtico pavor en su cambio de registro como un villano tan humano como cruel. Los años le sientan muy bien al simiesco Ron Perlman, y para acabar de flipar, sale el sublime Bryan Cranston (¿pero dónde ha estado este hombre escondido hasta que empecé a ver Breaking Bad?), lo cual es para mi todo un evento en sí mismo.

En mi opinión (si algo ha suscitado este film ha sido opiniones de todo tipo) estamos ante una estimulante mezcla de muchas influencias (su homenaje al llanero solitario, al cine de persecuciones al volante, al pop ochenteno, a la estética Lynch, su gore à la Noé), donde, en lugar de resultar en un pastiche, el todo es mucho más que sus partes, conformando uno de los mejores y más sólidos ejercicios de estilo a contracorriente de los últimos tiempos
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