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5/8/13

Guerra Mundial Z (2013): Brad Pitt también se enfrenta a los zombis (y sigue sin despeinarse)


Once años después. Hace ya más de una década que el subgénero zombi vive una segunda juventud, desde que en 2002 Danny Boyle abrió la veda con la entonces original y sorprendente “28 dias después”. Desde entonces, hemos asistido al "Amanecer de los muertos” (Z. Snyder, 2004), hemos vivido en directo “[REC]” (J. Balagueró y P. Plaza, 2007)  y sus secuelas, he mos visto renacer la amenaza “28 semanas después” (J.C. Fresnadillo, 2007), hemos sido “Infectados” (David y Alex Pastor, 2009), y “Bienvenidos a Zombieland” (R. Fleischer, 2009). El subgénero ha conocido incluso revisiones cómico-macabras como “Zombies Party” (Simon Pegg, 2004), infantiles como “El alucinado mundo de Norman” (C. Butler, S. Bell, 2012), videogamers como la saga “Resident Evil” (2002 - ), con 'sabrosura' cubana como "Juan de los Muertos" (Alejandro Brugués, 2011) o televisivas, como “Dead Set” (2008), en la que los concursantes de Gran Hermano británico eran los únicos supervivientes de una epidemia zombi, o la exitosa “The Walking Dead” (2010 - ).


A diferencia de los clásicos zombis de George A. Romero ("La noche de los muertos vivientes", 1968 y secuelas), los zombis del siglo XXI son generalmente rápidos, rabiosos, víctimas de misteriosas epidemias víricas postmodernas con carga apocalíptica y metafórica (el consumismo imperante, la estupidez colectiva, o las fans de Pablo Alborán), y parecen más preocupados en morderte para ganar adeptos a su causa que en devorarte el cerebro. Así pues, ¿son zombis o infectados? Nadie mejor que él para dar respuesta a tan sesuda disquisición.


Z de zombis. En cualquier caso, dudo que la cuestión tuviese demasiada utilidad si nos asolase una epidemia como la que nos trae "Guerra Mundial Z". O sí, pues la misión de Gerard Lane (Brad Pitt), un ex investigador de la ONU, es descubrir el foco de la infección para encontrar la vacuna, aunque para ello sea necesario viajar de Filadelfia a Corea del Sur, y de ahí a Gales, pasando por Israel, mientras la invasión zombi lo devora todo con un apetito y una vitalidad descomunal. Todo, menos a Brad Pitt, claro, que logra salir indemne y mejor peinado que CR7 después de un partido.

Basada (parece ser que libremente) en todo un clásico de la literatura zombi, el cómic homónimo de Max Brooks (2006), y con Brad Pitt como una cara conocida, el film de Marc Forster (Monsters Ball, 2001) va directo, no se anda con rodeos. Tras una escena inicial que pone el listón de la intensidad  muy alto, queda claro lo que vamos a ver: una extraña infección está contagiando a la población mundial y convirtiendo a la gente en muertos vivientes con muy mala leche, que se amontonan para llegar adonde haga falta, como si de la inauguración de una tienda de Apple se tratase.

¡Corre que se acaban!

La mayor virtud de Guerra Mundial Z es que es endiabladamente entretenida, que no da respiro. La incansable escalada de complicaciones genera una “agradable” sensación de desesperanza durante todo el film, tensando la cuerda al máximo. Si sumamos unas brutales y megalómanas escenas de acción (Forster consigue reconciliarmehasta cierto punto con el uso de la imagen digital), y momentos de suspense muy bien conseguidos, la tensión y la diversión están aseguradas.

Sin embargo, en su contra, hay que decir que “Guerra Mundial Z”, se agota en su propio entretenimiento, pues no aporta prácticamente nada nuevo al género, ni tampoco un ápice de reflexión. Como videojuego estaría bien, pero en fotogramas, su trasfondo resulta algo escuálido. Los personajes resultan planos, empezando por el propio protagonista, sin un solo punto negro, y su preceptivo drama familiar, perfectamente eliminable del metraje. Tampoco aporta demasiado el personaje de la soldado israelí Segen (Daniela Kertesz), que acompaña durante buena parte de la película a Lane. 

Tras pasarse al terror “intimista” en el último acto, donde prima el suspense estratégico sobre la testosterona, el film acaba de forma precipitada, desaprovechando una potencial “cuenta atrás” (cuando el protagonista toma la decisión final) que podría haber brindado unos últimos diez minutos de infarto.

El film tiene momentos de “28 días después”, aunque su enfoque de la pandemia mundial (e incluso su banda sonora, cortesía de Muse), también puede recordar a una versión menos hermética de “Contagio (S. Soderbergh, 2011).

En resumen, “Guerra Mundial Z” funciona merced a su trepidante carrusel de acción y al innegable tirón del coctel Brad Pitt + Zombis, y es muy recomendable si lo que buscáis es un buen entretenimiento y/o estais infectados por la fiebre Z. En cualquier otro caso, pasad de largo.
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21/2/13

Gangsters Squad (2013): Los intocables de Josh Brolin


Cuando se toca ciertos géneros como el gansgsteril, se entra en el coto privado del frikismo cinéfilo. Y entonces, se corre el peligro de que a una simple película de gangsters, se le exija la trascendencia de 'El Padrino', la excelencia de 'Los Soprano' o el rollo comiquero de 'Sin City' o incluso la olvidada 'Dick Tracy'. Entonces, a una simple película de acción como Gangsters Squad se le exige más de lo que pretende ofrecer.
 
"Como pille al crítico que nos ha puesto a parir lo crujo..."
 
Pero, ¿qué quereis que os diga? Yo hacía tiempo que no disfrutaba tanto en el cine con una película. El film de Ruben Fleischer ('Bienvenidos a Zombieland', '30 minutos o menos') es una estilizada actualización de “Los Intocables de Elliot Ness”, que quizá no alcance la maestría de De Palma ni tenga el carisma de Costner y Connery, o al Al Capone de DeNiro, pero tiene un buen guión lleno de buenos diálogos, ritmo desde el minuto uno, escenas potentes, una gran puesta en escena, toneladas de acción y violencia, y un elenco de lujo: Josh Brolin parece un tipo duro salido de un cómic, Gosling sigue en pleno idilio con la cámara y Sean Penn compone un villano muy potente y sanguinario. ¿Su pecado? Su falta absoluta de pretensiones más allá del puro entretenimiento.
 
 
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12/2/13

Hichcock (2012): una mirada al universo Hitchcock más juguetona que profunda


Al igual que el ‘Lincoln’ de Spielberg, el esperado film de Sacha Gervasi (su debut en largometraje, tras el exitoso documental 'Anvil'), se centra en un momento crucial en la biografía del personaje que retrata. ‘Hitchcock’ muestra al maestro del suspense y su relación con su esposa durante el rodaje de su obra maestra ‘Psicosis’. De hecho, adapta libremente el libro 'AlfredHitchcock and the making of Psicho', de Stephen Rebello. La adaptación corre a cargo de John McLaughlin, coguionista de ‘Cisne Negro’.

El film nos muestra a un Hitchcock en la cima de su carrera (la película empieza en 1959, en el estreno de 'Con la muerte en los talones'), pero con la sensación de haberse dejado encasillar. “Me han metido en un ataúd, y ahora quieren clavar la tapa”, dice, saliendo de los estudios. 'Hitch' tiene la férrea voluntad de reinventarse a sí mismo y por ello se empeña en adaptar, para sorpresa de todos, el escabroso libro de Robert Bloch 'Psycho', inspirado en el mítico asesino Ed Gein (semilla, pues, de Norman Bates, aquí interpretado por un muy parecido James D'Arcy). O sea, estamos ante la adaptación cinematográfica de un libro sobre la adaptación al cine de otro libro, inspirado a su vez en un personaje real que sirvió de inspiración para géneros como el de los asesinos en serie o el slasher (por ejemplo, "La matanza de Texas", Tobe Hooper, 1974). Toma retruécano.

El actor elegido para dar vida a Hitchcock es otro peso pesado británico como Anthony Hopkins. Como Day-Lewis en ‘Lincoln’, Hopkins se funde con Hitchcock hasta desaparecer bajo el aparatoso maquillaje (nominado al Oscar, junto con el vestuario). Hopkins recrea magistralmente la figura (su silueta, su típica pose), pero el parecido no es excesivo, y más bien da la sensación de que estamos ante una caracterización paródica a lo 'Polonia'. Juzguen ustedes mismos:


Igualmente esperada era la presencia de la diva Scarlett Johansson para interpretar a Janet Leigh, aunque cabe decir que su personaje es secundario, apenas tiene un peso específico en la historia, y el film más bien muestra su buena relación con Hitchcock durante el rodaje, a pesar de la tendencia del director a controlar a sus actrices principales.
Además de centrarse en el rodaje de ‘Psicosis’, ‘Hitchcock’ aporta nuevos ángulos a la conocida leyenda del maestro del suspense, al rendir homenaje a su esposa Alma Reville (Helen Mirren como casi siempre, espléndida), la gran mujer tras el gran hombre. Otro enfoque tan libre como curioso es el paralelismo entre el mismo Ed Gein y Hitchcock, mediante unas visiones que el director sufre debido a su obsesión con la historia y el estrés causado por el rodaje. Las visiones, y su inestabilidad emocional se agravan debido a las dificultades del rodaje (o las imposiciones de la censura), pero sobre todo por sus sospechas de un supuesto affair de su esposa con Whitfield Cook (Danny Huston), guionista de ‘Alarma en el expreso', descrito aquí como un mujeriego sin demasiado talento.

 "Churri, mira que te pones pasado cuando te da por hacer una obra maestra"

Sin embargo, Gervasi no hace una introspección profunda en la mente del genio o en el proceso creativo de ‘Psicosis’, ni un ejercicio de fetichismo alrededor del icónico film de 1960 (apenas vemos la mansión, por ejemplo). Aunque también se dejan caer algunas perlas, como cuando Leigh / Johansson se refiere a Hitchcock como “adorable, comparado con Orson Welles” (que la dirigió en “Sed de mal”), cuando se insinua la (conveniente, para su personaje) homosexualidad de Anthony Perkins, o cuando muestra la tirante relación de Hitchcock con Vera Miles (Jessica Biel).

A pesar de la solemnidad de su figura central, Gervasi ha preferido centrarse en su perfil más guasón y popular, como demuestran los discursos de introducción y cierre de 'Hitch', en clara alusión a la serie televisiva 'Alfred Hitchcock presents...' (1955 -62). ‘Hitchcock’ es más bien una comedia de buen ritmo, ligera y entretenida, con una puesta en escena juguetona, con cierto aire de pequeña película, que tiene más de interpretación dramatizada y provocadora (la licencia que se toma para recrear la mítica escena de la ducha, Hitchcock espiando a Vera Miles por el mismo agujero que Norman Bates espía a Marion) que de sobria biografía.

A pesar de ser muy disfrutable, la (icónica) sombra de Hitchcock es inevitablemente mucho más grande que este film, y habrá quien piense que el maestro del suspense merecía un acercamiento más arriesgado y menos superficial.
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22/1/13

La banda Picasso (2012): el 'robobo' de la Gioconda


En primer lugar, un consejo: si habéis olvidado ya las clases de Historia del Arte, poneos al día antes de verla. Buscad en la Wikipedia “Pablo Picasso” y “Robo de la Gioconda”. De lo contrario, os veréis arrojados a un universo bohemio de relaciones y de referencias que no sabréis apreciar, porque, entre otras cosas, Colomo es incapaz de introducirnos en él, de presentarlo de una forma comprensible y entretenida. Se da demasiado por supuesto. Pero tranquis, que yo os lo explico.

En 1911, Pablo Picasso y su amigo Guillaume Apollinaire fueron acusados como cómplices del robo de la Gioconda del Museo del Louvre. Las sospechas se basaron en su costumbre de comprar objetos robados del museo por Gery Pieret, un aventurero un amigo de Apollinaire, a quien la policía creía también autor del robo de la Gioconda. Varios años mas tarde, fue detenido el auténtico autor del robo, el italiano Vicenzo Peruggia, un guardia de seguridad del museo que alegó haberla robado para devolverla a su país, aunque parece ser que los motivos reales eran menos patrióticos.

Este hecho sirve de arranque, y de excusa (barata) para retratar a un joven Picasso (interpretado por el semidesconocido Ignacio Mateos) en sus primeros años en Francia, y sus correrías junto a los poetas Apollinaire, Max Jacob y el escultor catalán Manolo Hugué (Jordi Vilches). También se pasean por la historia Fernande, su primer amor, Georges Braque (impulsor junto a Picasso del cubismo), o Henri Matisse, con quien Picasso mantuvo cierta rivalidad.

Colomo reconoce que la versión final del guión está construida por sustracción, es decir, eliminando cosas de las primeras versiones por que no podía incluirlo todo en el metraje. Y se nota. El guión carece de una unidad narrativa, y se dedica a seguir, a la deriva, los hechos de aquel periodo de la biografía de Picasso (su amistad con Apollinaire, el retrato de Gertrude Stein, la ruptura que supuso “Las señoritas de Avignon”, el encuentro con Braque, el robo de la Gioconda, etc.) en un pastiche narrativo à la Colomó que se bifurca continuamente en múltiples líneas a medida que se van añadiendo personajes y hechos sin que la historia acabe nunca de arrancar en ninguna de las direcciones. Una hora de película y uno aun no sabe muy bien de que va, cual es el conflicto, cual es la historia. El robo de la Gioconda no sucede hasta el cabo de una hora aproximadamente. Hasta entonces, idas y venidas de personajes y correrías varias sin objetivo claro ni, por tanto, interés.

 "Uhm...esa Gioconda me está mirando mal...¿nos la pinchamos?"

El film nunca acaba de encontrar un tono, ni qué historia nos quiere contar: como comedia alrededor de la figura del genio no es “Shakespeare in love” (John Madden, 1998), y tampoco funciona como acercamiento dramático al pintor y su fascinante personalidad (tan genial como insoportable, al parecer). Ni siquiera es una película de robos: el robo de la Gioconda queda reducido a un mero ¿McGuffin?, a un gancho comercial sin un peso central en la historia. “La banda Picasso” se acaba quedando en una comedieta ligera sin chicha ni limoná. El Picasso de Colomo resulta un Picasso de comedieta, totalmente olvidable. Su reacción final (spoiler), desentendiéndose de Apollinaire, más que humana,  resulta incomprensible, miserable, por que tras tanta correría de bodevil barato, nos damos cuenta de que no conocemos al personaje, de que no podemos comprenderlo. Por que aunque Colomo se ciña a la realidad de lo sucedido, hay muy poca verdad cinematográfica en su Picasso.

Lo de rodar en un descarado digital una historia como esta también resulta bastante inexplicable. Parece mentira que detrás de la fotografía plana y poco contrastada esté el gran José Luis Alcaine. Y qué decir de la dirección de arte y el vestuario (nominado al Goya, supongo que por reconocer el esfuerzo de documentación y confección), dignos de cualquier capítulo de “Amar en tiempos revueltos”. Todo es tan de cartón piedra, falto de textura, de vida... En fin, lo de la ambientación histórica en el cine y las series españolas da para otro post.

Quizá Fernando Colomo haya inventado un nuevo movimiento cinematográfico, y su nueva película sea un hito como lo fue “Las señoritas de Avignon” para la pintura del siglo XX. Quizá yo sea demasiado obtuso para entender la grandeza de su nuevo film. Porque me siento igual que los primeros artistas y críticos que vieron el atrevido cuadro de Picasso por primera vez: no entiendo nada. Pero debo de ser yo.
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20/1/13

Coriolanus (2010): "Call of Duty. Shakespeare Ops"


Ralph Fiennes debutó en la dirección (y lo digo en pasado por que aunque el film llegué ahora a nuestras pantallas, es ¡de 2010!) adaptando una de las obras de Shakespeare quizá menos conocida por estos pagos: “Coriolanus”, una tragedia romana sobre la caída del poderoso y orgulloso guerrero Caius Maritus Coriolanus.

Caius Martius (Fiennes), es un mando del ejército de un valor inigualable en su defensa de Roma. Sin embargo, el pueblo le considera un “perro” del poder, por su altiva y despectiva forma de tratar con él. Tras ganar Coriola a los volscianos, unos rebeldes liderados por Aufidio (Gerald Butler), Martius es nombrado “Coriolanus”, y es propuesto para senador. Pero Martius es un hombre rudo, un guerrero, y desprecia al pueblo tanto como el pueblo le desprecia a él. Su orgullosa madre (Vanessa Redgrave), quien siempre le alienta en la batalla, le ruega ahora que reconsidere su postura orgullosa y se entregue el pueblo. Sin embargo, Martius es un animal poco sociable, y merced a su inflexible postura y a las intrigas de unos senadores corruptos, se ve definitivamente repudiado por el pueblo y desterrado de Roma. En el exilio, se unirá a Aufidio y los volscianos para saciar sus ansias de venganza contra el pueblo de Roma.

Aviso para navegantes: este es un film extraño, quizá incómodo. La apuesta no es arriesgada por novedosa, sino por extraña. No es la primera vez que se adapta a Shakespeare trayéndoselo a la actualidad, o conservando simplemente la esencia de alguna de sus obras. Aunque pueda parecer fuera de lugar poner como ejemplo ‘El Rey León’ (1994), el éxito de Disney estaba inspirado por Hamlet, pero tenía tanta entidad propia que muchos espectadores ni siquiera conocen ese dato. En cambio, el argumento y los personajes de “Coriolanus” carecen de vida propia más allà de el libreto de el Bardo, y no logran en absoluto (ni siquiera lo pretenden) distanciarse de él.


Perdona, ¿acabas de compararme con "El Rey León"? Chicos...deshaceos de él.

Y es que Fiennes, empezando por el título, adapta la obra ‘a pelo’, sin ocultar el artificio. Mantiene intacto el argumento (incluyendo la estructura política de senadores y patricios) y los diálogos, y simplemente cambia las espadas por los fusiles de asalto, los foros por los platos de televisión, y la Roma de Shakespeare por una Roma difusa, que podría ser una ciudad cualquiera (el film está rodado en Serbia). Es por ello que al espectador desprevenido le puede costar entre cinco y diez minutos entender qué demonios está pasando, al ver unos personajes actuales (el pueblo, el ejército, los políticos), declamando en inglés de la época isabelina.

La arriesgada puesta en escena requiere un alto grado de suspensión de la incredulidad, y la voluntad de entrar en el juego, como sucedía, por ejemplo, en Dogville (Lars Von Trier, 2003). Sin embargo, y a diferencia de aquella, la apuesta de Fiennes resulta (en mi opinión) un error.

El film empieza con una asamblea del pueblo en la que deciden asaltar el alamcen de grano y matar a Martius. Resuenan los ecos de la indignación del 15-M, y uno (desconocedor de la obra) cree que quizá la cosa vaya por ahí. Pero pronto nos damos cuenta de que no, el film empieza a tomar tintes de tragedia clásica con Martius como atormentado protagonista y el pueblo se ve reducido a una masa difusa y voluble, de un simplismo indigno de cualquier intento de paralelismo con la realidad actual. Entonces, si Fiennes no pretende establecer dicho paralelismo, si no pretende hacer una nueva lectura de la obra en claveindignada, antimilitarista, o en cualquier clave actual, entonces cabe preguntarse qué aporta traerse la obra a la modernidad, aparte de un diseño de producción más barato, y la posibilidad de rodar unas escenas de acción a lo Call of Duty, que por otro lado resultan demasiado confusas y sobrecargantes.

El resultado es un film extraño, que se queda en un terreno de nadie. Por un lado, argumentalmente se ciñe demasiado a la obra original, una tragedia clásica, como para generar la necesaria empatía: Martius es un personaje potente, como el de su madre, pero Aufidio no permite a Butler lucirse en exceso (o viceversa) y una Jessica Chastain pre-nominación es poco más que un adorno floral. Por el otro, la puesta en escena carece de los elementos de ambientación necesarios como para hacernos viajar a la Roma que inspiró a Shakespeare (como en las adaptaciones clásicas de Kenneth Branagh) o a cualquier otro lugar interesante (como sucedía por ejemplo en Romeo+Julieta(1996), de Baz Luhrmann). Como dijo Carlos Boyero con gran precisión, "todo lo que sale por la boca de esos hombres que luchan por el poder merece la pena de ser oído, pero las imágenes que lo sustentan son inmediatamente olvidables".

Solo cabe reconocerle a "Mr. Fitness" (Monidala dixit) la arriesgada y noble apuesta elegida para su debut, y la entrega al proyecto que se percibe tras su interpretación de Caius Maritus Coriolanus, una de las más contundentes que recuerdo últimamente.
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16/1/13

Lincoln (2012): retrato crepuescular y excelente thriller político


En 1939. un temprano John Ford filmó ‘El joven Lincoln’, donde Henry Fonda interpretaba al joven abogado Abraham Lincoln recién llegado a la ciudad. El film pertenecería al subgénero judicial, ya que se centra en un caso por asesinato en el que Lincoln, como abogado defensor, ya mostraba dotes de liderazgo y una inclinación casi heroica hacia la la verdad y la justicia. Sin embargo, aquel joven Lincoln mostraba también una cierta falta de escrúpulos al servirse de ciertas triquiñuelas para demostrar la inocencia de su defendido y así salvar su vida. Aquel joven Lincoln y el Lincoln crepuscular de Spielberg comparten al menos tres características: ambas se ciñen a un periodo concreto para retratar la leyenda, ambas son films de procedimiento (judicial el primero, político el segundo) y ambas muestran, cada una a la manera de su tiempo, a un Lincoln complejo y contradictorio. 

‘Lincoln’ no es un biopic al uso sobre la figura del decimosexto presidente norteamericano. De hecho, como el film de Ford, ni siquiera es un biopic. A pesar de las reminiscencias épicas que uno asociaría al binomio Spielberg-Lincoln, el guión del dramaturgo Tony Kushner (‘Munich’), no pretende glosar la vida y milagros de ‘Abe’, sino que se centra exclusivamente en la (sucia) batalla política que libró Lincoln para conseguir la aprobación en el Congreso de la decimotercera enmienda a la Constitución, por la que se abolía definitivamente la esclavitud. Dicha enmienda chocaba, en un complejo juego de intereses políticos, con el fin pactado de la guerra entre el norte unionista y el sur confederado y esclavista.

Spielberg (que vuelve al tema de la esclavitud, tras la infravalorada Amistad, 1997) parece empeñado en evitar, hasta cierto punto, la retórica de los grandes ideales, y prefiere centrarse en las batallas dialectales y en la ‘fontanería’ política (incluida la compra de votos) desplegadas por Lincoln para conseguir el número de votos necesario para la aprobación de la enmienda. Spielberg despliega su habitual e infalible brío narrativo, haciendo de Lincoln un ágil thriller político condensado en el tiempo, más entretenido que épico, pese a la inevitable trascendencia del material que maneja. ‘Lincoln’ es, salvando las distancias, como un capítulo decimonónico de “El Ala Oeste de la Casa Blanca”.

Lejos de la hagiografía, Spielberg hace un retrato ‘lincoliniano’ poliédrico, complejo, fascinante y lleno de sombras, ayudado por la fotografía tenebrosa de Janusz Kaminsky, su colaborador habitual. Estamos ante un retrato postmoderno, podríamos decir, sin heroicismos ni ingenuidades. Un Lincoln crepuscular, taciturno, cuyos andares asemejan a los de un tullido, cuya figura encorvada y voz remiten a la de un enterrador (esa escena en la que, tras saludar a los oficiales de comunicación, se pone su sombrero de copa y se pierde en las brumas), y cuya falta de escrúpulos para conseguir su objetivo, a pesar de la nobleza del mismo, resulta tan patente como sorprendente. ‘Lincoln’ fue, a juzgar por el film de Spielberg, un líder tan noble en sus convicciones como en cierto modo despótico en sus prácticas políticas, alguien para quien el fin justificaba los medios y que, pese su aureola de hombre reflexivo y justo, no dudó en comprar votos o en mentir al Congreso para lograr la aprobación de la enmienda. Tampoco oculta Spielberg sus penurias como marido y su fracaso en la relación con su hijo Robert, conflictos personales que añaden negrura a los espesos nubarrones que se ciernen sobre su figura. 

"Doy más miedo que Drácula y el Hombre Lobo juntos..."

El único punto en contra del fascinante ‘Lincoln’ de Spielberg, por ponerle alguno, podría ser su excesiva tendencia aleccionadora, su abuso de la anécdota con moraleja, que puede llegar a resultar cómico. 

Mención aparte merece la interpretación de Daniel Day-Lewis, premiada con el Globo de Oro. Poco más se puede decir que no se haya dicho ya: simplemente, el actor británico se funde con su personaje. Pese a ser británico, Day-Lewis (apenas reconocible bajo la figura taciturna de Lincoln gracias a un genial trabajo de caracterización, dicho sea de paso), parece haber nacido para este papel. Junto a él, un elenco nada desdeñable en el que cabe destacar a Sally Field, Tommy Lee Jones y David Strathairn, todos excepcionales.

Como el gran artesano que es (¿el John Ford contemporáneo?), Spielberg dirige poniendo siempre las necesidades del relato por encima de su propio nombre, eligiendo siempre el encuadre y el movimiento adecuado, sin virtuosismos, pero con una eficacia total. Solo el final, algo extenso tras la resolución del conflicto principal (la aprobación de la enmienda), añade un subrayado quizá innecesario para una gran película. No lo duden, Spielberg sigue en forma, como lo certifican las doce nominaciones a los Oscar que ha recibido. Veremos si esta vez no claudica frente a ‘Argo’ como en los Globos de Oro.

‘Lincoln’ se estrena en España el próximo viernes 18 de Enero.
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7/1/13

"The Master" (2012): Digamos que...interesante


Lo reconozco, aun a riesgo de que me quiten el carnet de crítico amateur: ‘The Master’ me ha defraudado. Pero no porque sea una mala película: denostarla tan rápido, como muchos espectadores que me acompañaban ayer en la sala, sólo demuestra tanta falta de espíritu crítico como falta de contacto con el espectador medio demuestran los críticos que la encumbran instantaneamente al Olimpo del Cine. Ni tanto ni tan poco. Creo mi decepción responde a una cuestión de expectativas erróneas, y por eso aviso, por si hay alguien tan despistado como yo: si esperáis un film de trama, o incluso un retrato controvertido, con un poquito de mala leche, sobre L. Ronald Hubbard y los orígenes de la polémica Cienciología (religión moderna y típicamente americana con tintes de secta, a cuya iglesia pertenecen, entre otros, Tom Cruise o John Travolta), posiblemente saldréis tan defraudaos como yo. ‘The Master’ sólo se asoma tímidamente a esa cuestión, ya que a Paul Thomas Anderson le interesa más el contexto histórico (el trauma post 2ª Guerra Mundial), y el envenenado juego de relaciones personales que la trama propiamente dicha o el retrato morboso.

El film se centra en el año 1950, en pleno trauma post Segunda Guerra Mundial, el caldo de cultivo de visionarios como Lancaster Dodd (inspirado en Hubbard, fundador de la Cienciología y su precursora, la Dianética) que con sus nuevos métodos curativos, mezcla de psicoanálisis (ciencia) y cuerpo de férreas creencias metafísicas (religión), pretendían aliviar las tensiones y los temores de toda una sociedad afectada de stress post traumático. No por casualidad el conejillo de indias elegido por Lancaster Todd para probar sus métodos curativos es Freddie Quell, un excombatiente que vuelve de la guerra del Pacífico y que no encaja en la sociedad civil, quizá la figura que mejor representa el trauma de toda una nación. Quell es un animal instintivo, furioso y lleno de rabia contra una sociedad en la que no encaja. Joaquin Phoenix, con joroba, hechuras y andares de mulo de carga, hablando casi ininteligiblemente por un lado de la boca, entreabierta en un gesto cargado de desprecio y de rabia, compone desde la introspección un personaje tremendamente patético, doliente. Por su parte, Seymour Hoffman interpreta a Lancaster Dodd, otro tipo de animal, un animal social, un gurú tan carismático como egocéntrico, el perfecto vendedor (¿de humo?), el motivador americano que te atrapa con su speech, pero cuya máscara afable se resquebraja cuando alguien de entre el entregado auditorio osa poner en cuestión su férreo corpus teórico. En cierto modo, su personaje retrata otro prototipo típicamente americano. Hoffman mezcla la grandilocuencia, el bigger than life (en palabras del propio director) con cierta contención de gentleman. El tercer vértice del triángulo es Peggy Dodd, interpretada por Amy Adams, la gran mujer tras el gran hombre, el poder en la sombra, descofiante de la relación de su marido con Freddie Quell, a quien considera un alma errante que no merece la pena salvar.

Estás como una chota, pero me caes bien. ¡Voy a salvarte, chaval!

Para el crítico sesudo y lleno de referencias siempre será más fácil caricurizar al espectador descontento poniéndole una caja de palomitas en la mano, pero yo me rebelo contra esa simplificación: ¿no será que el problema (¿error?) de ‘The Master’ es el mismo que el de gran parte del cine de autor que no consigue llegar al espectador de a pie? Si el autor y el público no comparten los mismos códigos, la comunicación es muy difícil. Y no hablo de meterse en la cabeza de Paul Thomas Anderson (como sí parece necesario meterse en la cabeza de ciertos autores para entender sus diarreas mentales), sino de algo tan simple como que si el contexto histórico y social es la clave de interpretación de la película, si esos personajes sintetizan el contexto, y el contexto es la clave para entender a los personajes, el director no debe presuponer su conocimiento, y debería detenerse un instante en situar al espectador. Por el contrario, Anderson se olvida de todo lo que pase fuera de sus personajes y su entorno cercano, centrándose siempre en las relaciones personales, y olvidando quizá (o es que se la trae al pairo) que no todo su público es norteamericano, ni está familiarizado con los traumas de su país y de aquel momento histórico. 

Por ello, el espectador poco conocedor de este marco de referencia, puede ser que no entienda gran parte del significado del film, cuyo único punto de enganche, de interés, entonces, puede ser esa intensa relación de amor-odio, esa tensión (según Angel Quintana en Cuadernos de Cine) “entre dos seres que se comportan como padre e hijo, maestro y discípulo, amo y criado, hipnotizador e hipnotizado, y que podrían llegar a ser amante y amado”. 

Pero el peligro del enigmatico hermetismo de “The Master” es precisamente ese, que muchos sólo podrán disfrutar (lo que no es poco, pero sabe a poco) del brutal tour de force interpretativo, del pulso entre dos animales de la actuación (entre el instinto y la víscera de Joaquin Phoenix y el clasicismo siempre correcto y depurado de Seymour Hoffman) pero se perderán en los pliegues de un film en apariencia sencillo, pero seguramente más complejo e interesante de lo que muchos seremos capaces de comprender. 
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14/12/12

Infancia clandestina (2011): decepción con acento porteño


Benjamín Ávila (Buenos Aires, 1972) demuestra varias cosas: la primera es que ni un buen tema ni una implicación personal en el mismo bastan para armar una buena película. Una mirada a uno de los episodios más oscuros de la historia de Argentina, la represión, a finales de los 70, de los montoneros por parte de la dictadura de Videla, por medio de los ojos de un niño (la historia está inspirada en la infancia del propio director), podría sonar a buen material. Sin embargo, cualquier episodio de “Cuéntame” (uno no puede evitar encontrar semejanzas) tiene más poder narrativo y más emoción que este film.

Los padres de Juan (Teo Gutiérrez Moreno), Horacio (César Troncoso) y Cristina (Natalia Oreiro), montoneros exiliados de la dictadura militar argentina, deciden volver a su país para continuar con la lucha. Desde entonces convivirán con el tío Beto (Ernesto Alterio), hermano de Horacio, con sus nuevas identidades (Juan pasará a ser Ernesto), y con el miedo continuo a ser descubiertos. Además, Juan / Ernesto verá cómo las decisiones de sus padres comprometen su propio futuro y su felicidad.


La segunda cosa que demuestra Benjamín Ávila es que o carece de sentido del ritmo y de la planificación o aquí no los ha encontrado. Y es que no por necesarios, debemos aplaudir estos films de forma acrítica. Su innegable valor como testimonio de la abominación y el recurso enternecedor de la mirada infantil (que aunque justificada aquí, empieza a convertirse en un lugar demasiado común) le habrán valido su elección para representar a Argentina en los Oscar 2013, pero no salvan artísticamente, en mi opinión, un relato deslavazado que solo sube enteros en momentos puntuales: cuando nos hace sentir (y casi envidiar) ese primer amor infantil (ayudado por el encanto de la niña Violeta Palukas), o la discusión con la abuela Amalia (Cristina Banegas), pero en general, el desarrollo anodino inclina la balanza hacia el aburrimiento. Su pobre dirección artística (la fotografía pretendidamente grisácea, pero plana; la discreta ambientación) tampoco ayuda en exceso.

De lo poco destacable, Ernesto Alterio, que brilla por encima del resto, componiendo un personaje entrañable, el tío ­­­­­­­­Beto, que se convertirá en un referente para Juan / Ernesto por su alegría y sus ganas de disfrutar de la vida.

“Infancia clandestina” llega a las salas españolas el próximo 21 de Diciembre.
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7/9/12

Viggo Mortensen viaja a la Argentina profunda


Despues de Alatriste (Agustín Diaz Yanes, 2006), Viggo Mortensen vuelve a hablar español. Ese es el mayor reclamo (sobre todo en los países de habla hispana) del primer film de Ana Piterbarg, que de otra forma no tendría mayor notoriedad. Porque estamos ante de esos que ‘ni fu ni fa’. Demasiado lento para que su trama enganche, demasiado superficial como para reflexionar sobre ciertas cuestiones profundas como seguramente pretende.

El caso es que la premisa tiene su gancho: dos hermanos gemelos (Viggo, por partida doble), uno, Pedro, aventurero y mezquino, vive en el delta del Paraná (algo así como la Argentina profunda, otro de sus puntos de interés), el otro, Agustín, lleva una vida aburrida como pediatra en Buenos Aires junto a su esposa (Soledad Villamil, en un personaje desaprovechado que no se sabe muy bien qué aporta). Tras la muerte de Pedro, Agustín decide suplantar a su hermano y viajar hasta el Delta del Tigre para hacerse con el dinero del último trabajo de su Pedro, pero se encuentra con que su hermano es un delincuente buscado.

Uno de los principales problemas del film es que, de entrada, no se sabe muy bien a qué juega. La cosa tarda en arrancar, la directora incluso quiere darle un poco de suspense a la cosa alternando la vida de los dos hermanos hasta que se cruzan y haciendo parecer que está siguiendo a una sola persona dando saltos en el tiempo. Luego, según se va desarrollando el film, tampoco es fácil avanzar por donde irán las cosas, y servidor, por momentos, tiene la sensación de que la butaca no es cómoda, o de que no han puesto el aire en la sala.

Luego está el protagonista, Agustín, cuyo comportamiento y motivaciones quedan ocultos la mayor parte del tiempo. Falta introspección o elementos externos que expliquen al personaje, pero lo cierto es que cuesta empatizar con él y con sus decisiones.

Si, como dice el título, ustedes tienen un plan para esta tarde, no lo cambien por ver la película. Ahora bien, si están abrridos y les interesa ver la doble interpretación de un maduro y barbudo Viggo Mortensen que, lejos de acomodarse en Hollywood, sigue transitando los márgenes y coqueteando con otras filmografías, o si estan hartos de cine argentino urbanita y filosófico y quieren suergirse en la Argentina profunda, esta podría ser su película.
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25/7/12

Nolan, el 'auteur' pelomitero


Conste que aún no la he visto y que la tengo pendiente, pero por las críticas que voy leyendo al respecto, no me faltaba demasiada razón sobre los delirios de grandeza que empezaba a acusar Nolan en la super 'hypeada' 'El Caballero Oscuro'. Recupero mis palabras al respecto en 2008:

"'El Caballero Oscuro' me parece excesiva en su metraje, y en la cantidad de frentes que mantiene abiertos, subtramas y elementos argumentales que contiene [...] quizá pretende abarcar demasiado y al final el film se hace mareante y largo hasta el hartazgo.."

Bueno, pues parece que el bueno de Nolan, sigue por la misma senda, porque leo por ahí sobre el nuevo Batman:

"La severidad del relato acaba por asfixiarlo, y a «El caballero oscuro» le cuesta avanzar . La grandilocuencia de su  dispositivo narrativo estropea la  elegancia de su puesta en escena. A Nolan le conviene tomarse vacaciones." (Sergi Sánchez: Diario La Razón)

"Prolijo Nolan, incapaz de contar una historia de manera sencilla si puede complicarla. Ambicioso Nolan que todo lo quiere a lo grande, incluso los errores. Cerebral Nolan, con una frialdad que limita su innegable pasión por el personaje. La desmesura es su divisa, sin espacio para la sutileza o la ironía. La desmesura, sí. Tan sólo por eso tiene mérito esta tercera entrega de las aventuras de Batman a cargo de Nolan, un director que lo hace todo a lo grande. Incluso equivocarse." [esto último me encanta...¡ojalá lo hubiera firmado yo!] (Salvador Llopart: La Vanguardia).

Preguntaría "¿soy el único que ve que, últimamente, Nolan tiene tendencia a excederse y a pretender cambiar el cine con cada película y que, aunque tiene un estilo MUY apreciable, todo lo que hace está sobrevalorado? Pero ya veo que no, no soy el único. 
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11/5/12

'Monsieur Lazhar' (2011): una lúcida, sosegada y emotiva reflexión sobre nuestros valores educativos y vitales

Una profesora se ahorca en una clase de primaria. Los niños deberán convivir a partir de ahora con ese doloroso recuerdo, con la idea de la muerte, con conceptos que les sobrepasan a su corta edad y que les dejaran, en cualquier caso, una huella indeleble. La política del colegio es intentar olvidarlo todo, alejar a los niños de lo sucedido. Pero el profesor sustituto, el ‘monsieur Lazhar’ del título, un refugiado argelino, cree más conveniente que los niños aprendar a convivir de una forma natural con ello. Tras leer un discurso escrito por una de las alumnas (en una escena apabullante), en el que habla del suicidio de su maestra de una forma tremendamente lúcida y desgarradora, la directora del centro prohíbe a Lahzar hacer copias y distribuirlas, en pos del respeto por la difunta. “¿Y ella, fue respetuosa con ellos cuando se colgó en medio de la clase?”, es la respuesta de Lahzar.

En la anterior escena radica una de las claves de un film que habla sobre cómo gestionar el recuerdo de algo tan doloroso y violento como un suicidio: ¿afrontándolo o enterrándolo? La propensión de Lazhar a exponer el tema incomoda a los padres y demás profesores, poniendo, continua pero suavemente, el dedo en la llaga, violentando unos valores culturales que pretender desterrar la idea de la muerte, negarla.

La otra gran cuestión de fondo del film es su reflexión sobre el sistema educativo (occidental, se entiende). No es difícil suponer la estrategia narrativa del director en este punto: colocar el mensaje central del film no en boca de Lazhar (lo cual resultaría demasiado obvio y moralizante), sino de uno los personajes con menos crédito de la función, de aquellos que uno no se toma demasiado en serio. Gastón, el profesor de educación física (algo así como un gañán a la francesa) se queja lúcidamente: “tratamos a los niños como si fuesen residuos radiactivos”. Esta se revela cómo la idea central del film: ya no se puede pegar, pero en el otro extremo, tampoco abrazar a un alumno, desterrando los sentimientos y la implicación emocional de las aulas. La revelación final del (algo previsible) misterio sobre el suicidio de la anterior profesora acaba de poner el acento en esta problemática. Tampoco se debe educar, tan solo enseñar, como le espeta uno de los padres a Lazhar. Y eso que no dan “Educación para la ciudadanía”…
Al contrario de lo que pueda sugerir su premisa inicial, ‘Monsiuer Lazhar’ no transita por el lado sensacionalista de la misma. Al contrario, el nuevo film del canadiense Philippe Falardeau, lejos de explotar las vías que abre dicha premisa, destaca por su sutileza, apuntando sin subrayar. Por ejemplo, el trágico pasado de Lahzar, que (aunque nos imaginamos) sólo conocemos mediante insertos de su declaración en los juzgados en los que pide el asilo político. O la incipiente e improbable relación entre Lahzar y Claire (Brigitte Poupart), otra profesora del centro que se interesa por él; o la ‘conexión magrebí’ con uno de los alumnos; ni siquiera explota el previsible choque cultural ni las posibilidades cómicas y dramáticas del “pez fuera del agua”.

En cierto sentido, tanta sutileza también juega en su contra, ya que el libreto adolece de los problemas (o convicciones, según se mire) narrativos clásicos del cine de autor europeo o europeizado. ‘Monsieur Lazharno tiene grandes giros, ni unos conflictos demasiados potentes. De nuevo tema sobre trama. El film simplemente sigue una línea pausada, una progresión en la que Lahzar va venciendo los escepticismos de los demás maestros y de los padres, y va ganándose el corazón de los pequeños, necesitados de la calidez y la comprensión que les aporta su nuevo profesor. Y el espectador no puede evitar ir enamorándose de este entrañable profesor, hasta llegar a un final emotivo pero, a mi entender, algo precipitado.

Las fantásticas actuaciones de Mohamed Fellag (abandonando su registro cómico) y los infantes Sophie Nélisse (ojo a esta niña, porque además de buena actriz amateur es una preciosidad) y Émilien Néron, con sendas escenas sobrecogedoras, son las otras grandes bazas de un film impregnado de la personalidad de su protagonista: entrañable, contenido, obstinado y esencialmente bondadoso.

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5/4/12

El hombre sin pasado (2010): Otro baño de sangre fácil a la coreana, esta vez aderezado con gases lacrimógenos


Después de la excesiva “I saw the Devil”, la gran decepción que me supuso “The Yellow Sea”, y tras el visionado ayer de “El hombre sin pasado”, ya es oficial: el cine de acción coreano no es para mi. Ciertamente, no alcanzo a comprender, ya no la excelencia, sino ni siquiera el éxito de este tipo de cintas: historias simples y huecas, meras excusas para la casquería gratuita (no pueden faltar el cirujano carnicero o similar, ni el secuaz sanguinario que disfruta con su trabajo) y cool (le ponemos un traje al prota y listo); nulo sentido de la realización de todo lo que no sean escenas de lucha (que, por buenas que sean, y tampoco es el caso, NUNCA pueden salvar una película), fotografía digital más fría y plana que los personajes (y eso es mucho decir), tramas que se explican a base de diálogos (mayormente, de los policías que siguen el caso, encargados de explicar qué carajo está pasando) que al final me dan igual porque de lo que se trata, y no lo digo yo, parece decirlo el propio director con cada plano, es de verlos hostiarse o sacarse (literalmente) los ojos. ¿Dónde están los valores de este cine? Que alguien me lo explique, porque yo no entiendo nada. Buscando no se qué sentido de la tensión y el thriller, a mi estas pelis lo único que me generan es aburrimiento. El cine señores, incluso el cine de acción, debe estar sustentado por una historia con valores, con emociones en juego. “¿Emociones? Ah, pues entre escena y escena de lucha meto a una niña adorable con cara de perrito abandonado diciendole al prota “Nadie me quiere, pero no pasa nada, entiendo que usted tampoco me quiera, si es que me lo merezco. Adios. Bueno, podría quererme un poquito, por favor?”. Esto le arranca una lágrima al público seguro”. Pero por Dios, ¿Dónde ha aprendido esta gente a escribir guiones? La escena en cuestión es lo que se viene llamando un momento lacrimógeno, que me hizo revolverme en mi asiento, pero de auténtica vergüenza ajena. En fin, que no han entendido nada. Haganse un favor y échenle un vistazo a 'Drive'. Creo que llevan tiempo intentando hacer algo parecido. 
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21/2/12

Drive (2011): un genial Ryan Gosling conduce una de las pelis de culto del año pasado


Varias cosas hacen de Drive una de las películas más estimulantes de los últimos tiempos, y casi todas tiene que ver con la arriesgada apuesta de Winding Refn de ir a contracorriente del cine actual e incluso del propio genero: su homenaje al heroe romántico, su apuesta por los silencios, su puesta en escena pausada, estilizada e hipnótica, y cierta (sólo cierta) estética ochentera, básicamente en su banda sonora y sus títulos de crédito. Todo ello conforma lo que se ha llamado un ejercicio de neonoir, y explica su encumbramiento instantáneo (quizá algo exagerado) como peli de culto.

Habrá quien piense que ese conductor sin nombre interpretado por Ryan Gosling es demasiado plano, y no le faltará razón: apenas sabemos nada de él (ni siquiera su nombre) y su gesto hierático y sus silencios parecen una barrera infranqueable para llegar a conocerle. Sin embargo, a veces es preferible saber poco de un personaje y quedarse con ganas de saber más de él (algo que parece que sí sucede en la novela de James Sallis, adaptada por Hossein Amini), que saberlo todo de otros personajes carentes de interés que pueblan las pantallas hoy en día.

Y es que ‘Drive’, lejos de esa corriente de la narrativa que dice que los personajes deben mostrar su interior, deben evolucionar y ‘aprender’ algo por el camino, parece beber de la tradición del héroe de acción pétreo, de ese romanticismo del tipo duro de toda la vida incapaz de cambiar, y me recuerda particularmente a la figura del cowboy, condenado por su propia naturaleza solitaria y su incapacidad para establecer relaciones exentas de violencia, o hasta cierto punto al mítico guardaespaldas interpretado por Kevin Costner en el film de los 90, ese tipo duro emocionalmente disciplinado, que arrastra un tremendo trauma de romper todo lo que toca, o incluso a un Dexter menos amable y sin una voz en off que nos ayude a comprenderle. Eulàlia Iglesias, en Cahiers du Cinema, aporta algo más de luz a la impenetrable psicología de este conductor, cuando habla de su “insospechada capacidad para la agresividad y el retraimiento de quien se sabe condenado por ello”. Su hieratismo es como un esfuerzo de contención, como un intento de evitar que el escorpión que lleva en la chaqueta (un icono pop fílmico desde ya) lance su picadura mortal sobre la rana.

La relación que establece con Irene (Carey Mulligan, ahora en 'Shame') también puede parecer plana, poco desarrollada y algo arquetípica, pero hay algo que la hace especial: se dicen más con los silencios que con las palabras. Y eso hoy en dia, es mucho decir.

Hay besos que hacen perder la cabeza...

Mención aparte merece la maravillosa, casi lynchiana, puesta en escena de Winding Refn. En los tiempos de The Fast & the Furious, Transporter, y todas sus adrenalíticos (y estúpidos, con perdon) sucedáneos, la primera escena de Drive es un tutorial sobre cómo generar tensión sin quemar tanto carburante, usando tanto el cerebro y la pausa para construir una escena de acción (se diría que interior) como el mismo conductor para escapar de sus perseguidores. A continuación, unos títulos de crédito al ritmo de sintetizadores (genial la BSO, que podeis escuchar aquí), para un film que se queda con lo mejor de la (a veces muy hortera) estética ochentera y la estiliza. Tiene ‘Drive’ cierta cualidad hipnótica que me encanta (¡esas escenas de acción en un sordo ralentí!), y que debe mucho también a la excelente fotografía de Newton Thomas Sigel .

Sin embargo, no les falta a los que critican el film de Winding Refn por su violencia gratuita. No nos engañemos, así como el éxito de Pulp Fiction se debió, entre otros muchos factores, a su violencia tan estilizada y desdramatizada, Drive ganará muchos adeptos por la misma razón. Los baños de sangre cool (si tienen cierto poso existencial, como en este caso, mejor), suelen gustar. Pero en mi opinión, era innecesaria tanta sangre fácil que, si por un lado subraya la ‘naturaleza fatalmente violenta’ del protagonista, a veces está fuera de lugar (¡¡atención, spoiler!!): ¿es coherente que un villano al que se pretende humanizar mediante la duda, la comprensión y el remordimiento le clave un tenedor en el ojo y apuñale en la garganta a un secuaz para eliminar un testigo? ¿Desde cuando un crimen estratégico es pasional? Sí, la escena del ascensor mola mazo, pero ¿realmente le reventaríamos el cráneo a pisotones a un enemigo ante la chica de nuestros sueños, sin pensar que podríamos llegar a asustarla un pelín? Es en estas incoherencias donde se le ve el plumero a Winding Refn en su (innecesario) intento de que su peli sea todavía más ‘molona’ o impacte más por la vía sangrienta.

¿Es Walter White? ¡No, es el genial Bryan Cranston!

En cuanto al reparto, Gosling está excelente logrando expresar mucho con muy poco,Carey Mulligan se defiende bastante bien, y el elenco de secundarios es genial: Albert Brooks da auténtico pavor en su cambio de registro como un villano tan humano como cruel. Los años le sientan muy bien al simiesco Ron Perlman, y para acabar de flipar, sale el sublime Bryan Cranston (¿pero dónde ha estado este hombre escondido hasta que empecé a ver Breaking Bad?), lo cual es para mi todo un evento en sí mismo.

En mi opinión (si algo ha suscitado este film ha sido opiniones de todo tipo) estamos ante una estimulante mezcla de muchas influencias (su homenaje al llanero solitario, al cine de persecuciones al volante, al pop ochenteno, a la estética Lynch, su gore à la Noé), donde, en lugar de resultar en un pastiche, el todo es mucho más que sus partes, conformando uno de los mejores y más sólidos ejercicios de estilo a contracorriente de los últimos tiempos
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14/1/12

Preestreno "Los descendientes" (2011): Payne y Clooney nos traen un film de grandes emociones en clave menor


Mucho había leído sobre 'Los descendientes', mucho y bueno. Y la verdad es que, afortunadamente, el nuevo filme de Alexander Payne ('Entre copas'), adaptación de la novela homónima de Kaui Hart Hemmings, no me ha defraudado en absoluto.

Tras un accidente en moto acuática, Elisabeth, la mujer de Matt King (George Clooney), queda en coma irreversible, y los médicos comunican a Matt que deben desenchufarla de forma inminente de las máquinas que la mantiene con vida. Matt tendrá que lidiar con la trágica situación desde varios frentes, que a la vez remiten a las distintos actos del film: sustituyendo a su esposa y ejerciendo de padre “de repuesto” (no pasaba mucho tiempo con su familia debido a su trabajo de abogado), y logrando hacerse con sus dos hijas; tratando de asumir el descubrimiento de la infidelidad de su mujer en coma y gestionando sus emociones al respecto; y afrontando la venta por imperativo legal de unos terrenos heredados que pertenecieron a sus ancestros. Estos tres frentes, estos tres conflictos, se potencian unos a otros, alimentándose en cadena: la revelación por parte de su hija de la infidelidad de su madre marca un punto de inflexión en la relación padre-hija. A su vez, el resultado del viaje (interior y exterior) que emprenden entonces Matt y sus hijas para descubrir la verdad de su esposa, repercute en su decisión final, ya en el último acto, sobre las tierras. 

Payne dirige sin estridencias, pero sin complejos (con un uso irregular e interesado de recursos como cortinillas, voz en off o mapas) un relato esencialmente amable, donde predomina el buenismo de la mayoría de los personajes, empezando por el protagonista, Matt King (genial Clooney directo al Oscar, en un registro más vulnerable que de costumbre), un 'santo job' que nunca pierde la paciencia e intenta hacer siempre lo correcto, y que es capaz finalmente de asumir la dolorosa verdad con entereza y dignidad. Tal personaje, que en otras manos hubiese podido parecer demasiado perfecto y plano, demasiado soso, gracias a Payne y sobre todo a Clooney, resulta tremendamente humano. Como humanos, redondos y más o menos dignos resultan todos los demás personajes (desde la hija mayor hasta incluso los más susceptibles de resultar abyectos) pues la visión del director es tan comprensiva y compasiva como el propio protagonista


“Los descendientes” toca grandes temas como la muerte de un ser querido o el adulterio, en clave menor y ritmo relajado, sin sobresaltos, sin grandes giros de guión, manteniendo en todo momento un tono entre el drama y la comedia, “atmósfera narrativa” complicada, que consigue alternando momentos de drama, (filmados con delicadeza y sin caer nunca en melodramático), como la revelación de la infidelidad de la esposa de Matt, por parte de su hija, con alivios cómicos que relajan la tensión (Matt corriendo patético a casa de sus amigos), para volver a aumentarla de nuevo, cuando el protagonista, en una memorable escena, intenta sacarles a sus amigos el nombre del tipo con quien su mujer le engañaba. No es que Payne invente esa atmósfera narrativa, que recuerda a la de producciones como las geniales 'American Beauty' (que sin embargo tiene una mordacidad y una acidez de las que carece la cinta de Payne) o incluso las primeras temporadas de 'Breaking Bad', serie que también toca las misma cuestiones de la enfermedad terminal o el adulterio en una clave parecida (aunque menos realista y más oscura, entre el thriller y el humor negro). Y sin embargo, ese tono de tragicomedia honesta y realista resulta un gran acierto, ya que refleja con gran realismo la propia experiencia vital, pues efectivamente, a menudo en nuestro día a día, drama y comedia se dan la mano. “La propia vida tiene un tono que incluye esos registros diferentes”, afirma Payne. 


Pero lo que hace que “Los descendientes” sea una gran película, en mi opinión, lo que la convierte en un film tremendamente emocionante, es lo que Carlos F. Heredero, en Cuadernos de Cine, llama su “amplitud moral”. Una ambivalencia emocional, opuesta al maniqueísmo (y casi políticamente incorrecta), que permite, por ejemplo, mostrar a King abroncando a su adúltera esposa en coma, o casi deleitándose, de pura rabia, al anunciar a sus amigos la muerte inminente de Elisabeth; arrastrando, en fin, un resentimiento hacia ella durante toda la película, sin por ello dejar de quererla ni un instante. Y es que aquí no hay malos ni buenos, sino conflictos puramente humanos, de sentimientos, de expectativas, de necesidades

Ambientada (como si se tratase de una metáfora de su propia gama cromática) en un Hawaii diferente, más urbano y real, sin renunciar a la postal turística en las escenas de la playa, “Los descendientes” es una película honesta y reconfortante, de apariencia sencilla e interior complejo, un notable film que sólo flojea algo (en mi opinión) en su clímax, justo cuando la hasta entonces equilibrada balanza dramática se inclina mínimamente hacia lo lacrimógeno, perdiendo parte de su fuerza. Un must-see de este año cinematográfico que empieza, que confirma a Alexander Payne como una de las voces más propias (y sin necesidad de alzarla demasiado) del cine americano actual.

"Los descendientes" se estrena en España el 20 de Enero. 
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14/12/11

El 'making of' de 'Eva' llega en papel.

Hoy se ha presentado en la cinéfila librería "Ocho y medio" el libro 'Eva: Así se hizo la película'. Se trata de un making of de 207 páginas (y un precio de 25 € aprox.), una memoria que recoge de forma suculenta todo el trabajo que hay detrás del film de Kike Maillo. La presentación ha corrido a cargo del propio director, que ha ido contestando las preguntas de los compañeros del programa radiofónico “La Script” de la Ser, y alguna pregunta más de los medios allí congregados.


El libro (que tengo ahora mismo en mis manos por cortesía de David Martos), es un regalo para cualquier cinéfilo, sobre todo para los apasionados de la ciencia-ficción, y un documento treméndamente inspirador para aquellos que alguna vez hemos osado soñar con un proyecto tan ambicioso como este. 

Tras las palabras del propio director y de Sergi Belbel, a modo de introducción, el libro nos invita a sumergirnos en los diferentes apartados, como si de los extras de un DVD se tratase: “La historia” “La nieve” (sobre el entorno nevado, la utópica ciudad de Santa Irene, o el rodaje en Panticosa de la famosa caída de Marta Etura) “Retrofuturismo” (con especial atención a los ambientes y localizaciones, pero también a aspectos gráficos, vestuario o el diseño del hand-up), “Robots” (donde se detallan dibujos, maquetas y cantidad de detalles técnicos de todo el universo robótico de la película), “Sonido” o un interesantísimo apartado “carteles” donde podemos ver infinidad de versiones del cartel hasta llegar al definitivo.


 Con un estilo sosegado, cercano y muy coherente, Kike Maillo empezó perfilando los orígenes de esta historia de ciencia-ficción y sus referentes: de niño, viendo un capítulo de ‘Doctor Who’, se dio cuenta de que quería hacer películas “del futuro”, pero fue con ‘Blade Runner’, a los doce años, cuando comprendió que la ciencia ficción puede servir, más allá del entretenimiento, para hablar del ser humano. El hecho de que los robots pudieran sentir miedo le pareció fascinante. Pero el germen más inmediato de ‘Eva’ comenzó a gestarse en Sitges’07, y a raíz de la eterna cuestión de “aquí no se puede hacer eso”. Para demostrar lo contrario, Maíllo rodó un teaser, con el que entre otros, convenció a Sergi Belbel, que a la postre se hizo cargo del guión. 

El director se deshizo en elogios hacia Claudia Vega, la pequeña actriz que da vida a Eva, de la que dijo que “es capaz de sonar auténtica, no necesita emular a los mayores. Es muy empática, capaz de conectar con sus emociones, y eso es algo que no tienen muchos niños actores. Lo que ahora necesita trabajar y convertirse en la buenísima actriz que es”.

Dos elementos muy importantes en Eva son su ubicación temporal y geográfica. Preguntado por el futuro en el que se sitúa el film, Maíllo contestó que es “entre muy cerca y muy lejos”, o lo que han dado en llamar el “retrofuturismo” (“un futuro que ha sabido recuperar o mantener lo bueno del pasado”, una idea muy en sintonía con estos tiempos de revival vintage y ochentero). Maíllo no quería un futuro “plastificado” demasiado high-tech o apocalíptico, demasiado alejado de nuestra realidad, para mantener más cercana la parte melodramática de la historia. “No enseñar el futuro” es un lema que puede leerse en el libro como una de las obsesiones de los creadores del film. “Crear el mundo de Eva requería centrar la atmósfera y sus detalles en algo cercano, familiar […] La cámara nunca muestra directamente las innovaciones, los robots o la tecnología, sino que se centra en el drama de los personajes por encima de todo”.

También habló del paisaje, y de su importancia en la historia. Reconoció que buscaban un paisaje exótico, y finalmente se decidieron por Suiza (la Patagonia y Canadá fueron las otras opciones) y sus paisajes nevados. En el libro se compara “la lluvia incesante de ‘Blade Runner’” con “la nieve de ‘Eva’”.

El hecho de que ‘Eva’ no parezca una película española, según Maíllo “es cierto, pero es un problema de percepción de lo que es el cine español. “Es triste que no hayamos sabido comunicar” lo que somos y lo que sabemos hacer. En su opinión, tampoco es una cuestión de las nuevas generaciones, sino que siempre se han hecho cosas interesantes, pero “es un problema de percepción”, insistió.

Sobre la maginitud y ambición de este “proyecto rebelde” (como lo define el propio director), Kike Maíllo se mostró tajante al afirmar que “hay un punto de inconsciencia, con cinco años más no la habríamos hecho”. Luego insistió (a pregunta de un servidor), de forma ambigua en que “hay cien cosas que cambiaría, pero hoy no podría hacerlo otra vez. Soy otra persona, antes era mucho más hábil (sic) para hacer algo así”, seguramente refiriéndose a aquel punto de inconsciencia de que habló antes. Y es que para levantar un proyecto como este seguramente hace falta mucho entusiasmo. “Un don que tengo es que veo la botella medio llena”. – afirmó el director. “Si algo distingue a los diez mejores directores de la historia es el trabajo”. 

En cuanto a la inevitable cuestión de cómo llegar a un público poco acostumbrado a productos nacionales de este género, Maíllo concluyó con humildad que “seguramente no lo hemos conseguido, pero hemos abierto una rendija". Ya en petit comité nos comentaba "y ojalá muchos otros vengan detrás”. Estoy totalmente de acuerdo. Y además, que le quiten lo bailao.  
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