13/10/11

PREESTRENO 'Contagio': Soderbergh nos brinda un concienzudo análisis de una catástrofe epidémica, pero falta thriller


Resulta evidente el "contagio" del modelo narrativo ‘Traffic’ (2000) sobre el último film de Soderbergh: si en aquella se ocupaba mediante un enfoque poliédrico y una clara voluntad analítica, de la cuestión del tráfico de drogas a escala mundial, en este caso hace lo propio con una epidemia vírica global similar a la reciente gripe A (de la cual se también se habla en el film).

Pero la frialdad narrativa típica de este Soderbergh (dejando de lado su faceta más mainstream tipo ‘Ocean’s Eleven’) tiene su lado bueno y su lado malo. Lo bueno es que se trata de un estudio riguroso y nada sensacionalista de la catástrofe, centrado en los procedimientos científicos (afortunadamente lejos de la pirotecnia visual y rítmica de CSI ) políticos y mediáticos que rodean a un suceso de esta magnitud. Lo malo es que da toda la sensación de que Soderbergh se ha puesto el vestuario anticontaminación para no infectarse del sustrato emocional (sólo baja la guardia un poco al final) y físico de la historia, mediante una fotografía limpia, incluso aséptica, con encuadres fijos y distantes, y una escasa dramatización. Hay momentos, sobre todo durante la primera hora, en los que uno no sabe si está viendo una película o un documental sobre virus del National Geographic. El virus es un ente invisible y sin emociones, sí, pero se transmite entre personas, y se supone que sus efectos provocan reacciones emocionales viscerales, que escasean en el film (y cuando las hay, son algo gélidas), quizá desaprovechando un gran elenco de actores. En este sentido, ‘Contagio’ se sitúa en el extremo opuesto a films como ‘Estallido’ (Breakout, Wolfgang Petersen, 1995). Por otro lado, tanta sobriedad nos escamotea la parte carnal y truculenta del asunto, y aunque no se puede negar el verismo de las escasas escenas en que aparecen los efectos del virus, habrá quien eche en falta más virulencia, al estilo de films como ‘28 dias despues’ (28 days later, Danny Boyle, 2002) y similares.

Por otro lado, el engranaje narrativo margina la reflexión temática. Soderbergh reconoce que una de las cosas que le atrajo del proyecto fue “que no se prestaba a interpretaciones metafóricas”, pero en mi opinión es una lástima que no se exploren más ciertos temas interesantes que surgen de la historia, como el instinto de supervivencia (“el hombre como lobo para el hombre”), la dualidad "infección vs. información" y su propagación viral en un mundo globalizado,  o el papel y responsabilidad de la blogosfera, internet y los medios de comunicación ante este tipo de situaciones (personificado en el interesante y ambiguo personaje de Jude Law). 

La propuesta es original y arriesgada por lo respetuoso y sobrio de su distanciamiento analítico, y Soderbergh es fiel a ella. Pero cabe preguntarse si merecía la pena sacrificar tantas posibilidades estéticas, emotivas, físicas y temáticas para acabar entregando un film que solo está algún punto por encima del simple entretenimiento. 
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11/10/11

"La semilla del diablo": el cine era esto.


Hoy he cazado en La Sexta 3 (todo un chollo de canal para los cinéfilos) “La semilla del Diablo” (Rosemary’s baby, Roman Polanski, 1968). Sí, la traducción del título es demasiado explicativa, pero me gusta, y lo prefiero a una traducción macarrónica del nombre de la protagonista, como hubiera sido lo más probable en aquellos años: “El bebé de Rosa María”.

Tiene algo esta película que, tras varios visionados, me sigue fascinando. He empezado a verla con medio interés, con un recuerdo más o menos claro de toda la trama, y aún así he ido progresivamente volviendo a engancharme a esta joya, hasta acabar pegado a mi sofá. Quizá es que la vi por primera vez en la época en que empecé a apasionarme de verdad por el cine y a devorar clásicos (aunque aún me faltan muchísimos), y por eso me quedó marcada y le tengo cierto cariño. Pero, mucho más allá de eso, y aunque tal afirmación no sea nada arriesgada, creo que es una obra maestra del suspense. Intentaré explicar los motivos por los que me gusta tanto este film:

-          La atmósfera: el film de Polanski no muestra, sugiere. Lo importante no son los sustos (que no los hay), sino la trama y la atmosfera sobre las que se cierne lo terrible del desenlace. Por otro lado, lejos de la actual moda del "thriller psicológico" (ese paraguas tan amplio, esa etiqueta tan pretenciosa como tantas veces vacía), la trama y el suspense son totalmente físicos, carnales (el embarazo, los lúbricos y macabros sueños, el “bebé”), aunque en ningún momento se muestra más de la cuenta. Los sueños de la protagonista son mil veces más inquitantes que cualquier flashback o visión que podamos encontrar en cualquier thriller psicológico actual.

-          El enfoque: No parte de la brujería, del satanismo, sino que se trata de un lugar al que se llega en el desenlace. No nos atiborra con información sobre brujería o satanismo, sino que esta cumple una función determinada en la trama. El film se centra en Rosemary, el suspense nace de la sensación (la suya y la nuestra) de claustrofóbica conspiración, y lo terrible del asunto no es tanto la llegada del demonio o el anticristo, sino la terrible y cobarde traición del marido, posiblemente el personaje que más me inquieta de toda la función.


-       El sonido: a la hora de crear suspense, el silencio es tan importante como la música, de la cual no abusa. En cuanto a los diálogos, lo que no se dice es tan importante como lo que se dice (sobre todo en el caso del personaje de Guy).

-       El ritmo: tiene ESO que tenía el cine clásico y que conservaba hasta hace (me atrevería a decir) unos 15 o 20 años: la trama RESPIRA. El ritmo es pausado y la trama, sencilla, nada pretenciosa e impecable, se desliza lenta pero inexorablemente hacia el fatal desenlace (Dios, me estoy repitiendo un poco con lo del desenlace, pero ahora explico porque), sin necesidad de golpes de efecto ni sustos baratos.

-   La iconografía: esa cuna negra, o una demacrada Mia Farrow, con ese corte "a lo Vidal Sasoon" y blanca como una pared (me atrevería a decir que en ciertas escenas se les fue la mano con el maquillaje), vistiendo ese camisón y empuñando ese cuchillo, una inquietante imagen que ha pasado al imaginario cinematográfico.



-       El final: creo que es uno de esos finales que se le graban a uno en la memoria. Si el film es una lección de suspense, el final es una cátedra sobre como liberar esa tensión. Tiene ese final algo de terrible y de grotesco que tiñe de un color macabro todo el resto del film. Es uno de esos finales (como lo es también, por ejemplo, el de ‘El planeta de los simios’ de Franklin J. Schaffner, curiosamente del mismo año) cuyo magnetismo te mantiene en el sofá y justifica otro visionado más.

En fin, espero haberme explicado. Habreis notado que, más allá del film de Polanski, estoy hablando de todo un tipo de cine que ya no se hace. Suerte que siempre nos quedará La Sexta 3.
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6/10/11

Origen (Inception, 2010): mucho arroz para tan poco (y sobrevalorado) pollo



Desde la revelación que supuso 'Memento' (2000), hasta su espléndida primera incursión en el universo de Batman (Batman Begins, 2005) para explicarnos la génesis del superhéroe de la DC, Christopher Nolan se había ganado mi crédito como un gran director. Ambos films poco tenían que ver, pues mientras 'Memento' era el atrevido experimento de un debutante, un apasionante y estilizado rompecabezas que trastocó las estructuras narrativas como Tarantino hiciera años antes con 'Reservoir Dogs' o 'Pulp Fiction', la primera precuela de la saga Batman confirmaba el talento de Nolan en otro terreno bien diferente, el de la superproducción con superhéroe. Sin embargo, lo hacía rompiendo otro molde, precisamente el del cine de superhéroes, abandonando en parte el discurso más “comiquero” a favor del thriller policiaco y el drama humano del atormentado Bruce Wayne, hasta llegar a hacernos comprender de una forma lógica su transformación en Batman. Personalmente, agradecí este giro “realista”, aunque luego reconociera en 'El Caballero Oscuro' (The Dark Knight, 2008) una excesiva radicalización de esa propuesta, dejando cada vez menos margen a la fantasía propia del universo de los superhéroes.

Pues bien, en el nuevo film de Nolan, 'Origen' (Inception), ya no queda rastro de la magnífica imaginería estructural y visual de que hacía gala en 'Memento', y en cambio sí hallamos ciertas características en común con sus dos Batman, pero en sentido negativo.

El primer y grave error de 'Origen' estriba en una paradoja bien sencilla: no se puede hablar de sueños de una forma tan cuadriculada. A estas alturas, parece bien demostrado que Nolan no es el director mejor dotado para moverse en el género fantástico. Si con Batman salió muy airoso llevándoselo al terreno del thriller y la acción, aún a riesgo de traicionar su esencia, aquí vuelve a proponernos un film de aventuras y acción que en este caso resulta fallido, entre otras muchas razones, porque su materia prima, el subconsciente humano y los sueños, se antoja demasiado voluble e insondable como para encerrarlo en un sistema de reglas tan rígidas, en una lógica de causa efecto tan inverosímil y aburrida (del tipo “si mueres soñando, te despiertas”) como las que nos explican Cobb y su equipo.


Es el problema de muchos films americanos, el de sistematizarlo todo hasta el hastío, incluso lo onírico, lo subconsciente, lo paranormal, esfumando cualquier posibilidad de resultar inquietantes, imprevisibles o desconcertantes. Recordemos la sistematización de las psicofonías en la olvidable White Noise (2005) o de los shocks del protagonista de la interesante 'El efecto Mariposa' (The Buttefly Effect, 2004). Esa lógica del tipo “si haces esto, invocas a tal espíritu o provocas indefectiblemente tal fenómeno” siempre me ha parecido de lo más inverosímil, aburrido y equivocado para tratar esas cuestiones.

Por otro lado, y por si este error en la premisa básica del film no fuera suficiente para tumbarlo,  es decir, si aceptamos esa cuadricula pseudocientífica sobre los sueños, esos renglones de los que en ningún momento se sale la caligrafía del film, y descendemos al siguiente nivel (por parafrasear la jerga del film), nos encontramos con una trama demasiado plana, donde la únicas amenazas proviene de la propia y enrevesada lógica de la particular “inmersión”, y del conflicto interno del protagonista. Pero ese otro esquema, el de héroe con episodio trágico en su pasado aún sin superar, que deberá enfrentar y vencer durante la aventura, aquí se revela de una forma tan arquetípica, tan obvia y falta de gracia, que resta casi todo interés y profundidad al personaje de Cobb. Por lo demás, los personajes secundarios resultan aún más planos y faltos de empatía, ya que no sabemos nada de ellos y ni siquiera evolucionan un ápice durante el transcurso de la aventura. Mención especial para la “arquitecta” Arianne (Ellen Page), que se pese a descubrir un fascinante nuevo universo donde lo imposible es posible, se integra en el equipo y asume su rol como si se hubiese dedicado a ello toda la vida, o al desaprovechado personaje de Saito (Ken Watanabe), que pasa de amenazante villano a socio perfectamente fiable de una forma un tanto descafeinada e inverosimil.

Y es que el film carece de toda fuerza a casi cualquier nivel. Da la impresión de que Nolan se inventa un sistema de reglas demasiado rígidas y totalmente arbitrarias para que la historia funcione en el sentido en que quiere, pero por mas que se dedica aplicadamente a explicárnoslas (de la forma mas obvia y aburrida que existe en cine: mediante unos diálogos descaradamente destinados a ello, utilizando al personaje de la novata “arquitecta” Arianne como excusa para aleccionarnos), no logra que tengan el más mínimo interés, porque falla lo principal: los sueños.

En efecto, dudo que nadie sueñe como nos propone Nolan, con unas imágenes tan claras, con unos escenarios tan definidos, con unas reglas tan rígidas. ¿Dónde está lo onírico? ¿Dónde está la ensoñación? ¿Donde está la confusión propia de los sueños? Nolan, tan apegado siempre a lo tangible, tan sobrio como falto de imaginería, es incapaz de desdibujar una sola línea de su plan supuestamente perfecto.

Veamos esos tres supuestos niveles del sueño que parecen en la película: el primero son las calles de una ciudad tipo Nueva York donde tiene lugar una persecución de coches con tiroteo incluido.  El segundo es un hotel donde también hay alguna pelea entre el equipo de Cobb y esas “proyecciones” de la mente de la víctima, y el tercero es un bunker en la nieve donde deben adentrarse los protagonistas en una escena tipo Splinter Cell que resulta en otro tiroteo. Mas que ante niveles de sueño, pareciera que estamos ante niveles de un videojuego. Al final, tanto galimatías pseudocientífico resulta una burda excusa para entregar un mediocre film de acción. Pero es que si como film de ciencia ficción, su interés es más que dudable, 'Origen' no funciona ni como película de acción, ya que no aporta nada nuevo al género, como sí hiciera por ejemplo la que parece uno de sus referentes, a años luz por cierto, 'Matrix' (de la cual, no soy precisamente un gran seguidor) y aquellas espectaculares escenas de acción que marcaron tendencia.

Sin embargo, pese a todos estos problemas de base, pese a todas sus carencias y pese a su mediocridad, el film ha sido ensalzado por la crítica especializada y por la amateur, y muchos hablan ya de una “obra maestra”. Entre las voces discordantes ante tal disparate, recupero las palabras de A.O. Scott en su crítica en el New York Times, con las que estoy bastante de acuerdo:

[…] …en 'Origen', no hay nada que cuente como una visión genuina. La idea del Sr. Nolan de la mente es demasiado literal, demasiado lógica, demasiado atada a reglas como para permitir medir la locura -el riesgo de confusión, de delirio, de inefable ambigüedad- que todo esto requiere." (A. O. Scott: The New York Times)

En resumen, un film sobrevaloradísimo, que desaprovecha desde el arranque su premisa y toda posibilidad de resultar inquietante o interesante, que se inventa un universo nuevo pero excesivamente cuadriculado y que nos propone unos personajes y una aventura carentes de fuerza, y donde lo único destacable proviene del apartado técnico, de esa tremendante realista escena de lucha sin gravedad, que al menos confirma el gusto de Nolan por huir de la excesiva digitalización de los efectos especiales tan de moda hoy en día.
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"No habrá paz...": el nuevo thriller de Urbizu, más apreciable y contundente en sus intenciones que en su resultado final



Adoro la infravalorada ‘La caja 507’ (Enrique Urbizu, 2002), quizá el mejor thriller español que recuerdo, aunque posiblemente también influya lo (inexplicablemente) poco que se prodiga nuestra cinematografía por esos terrenos. Por eso, con prácticamente los mismos ingredientes en la receta, esto es, guión de Urbizu y Michel Gaztambide, y Coronado como protagonista, “No habrá paz para los malvados”, desde su evocador título y su cartel, se me antojaba otro hito. Nada más lejos de la realidad.

A Urbizu hay que reconocerle, sin embargo, las intenciones. Alegra comprobar que no hace falta ver una de Torrente para ver desfilar por la pantalla mafias, policías corruptos, bandas de atracadores de bancos, o para ver algún tiroteo patrio. En efecto, el cineasta bilbaíno parece empeñado en la noble tarea de rescatar de la realidad española el material dramático necesario para componer un paisaje que sirva de telón de fondo a un género menor en nuestro cine: el thriller policiaco. Un paisaje compuesto por las cloacas de la ciudad, por descampados, clubes de alterne, fincas campestres, por desguaces y almacenes, y habitado por un elenco de personajes que van desde el glamour inherente a los grandes capos mafiosos hasta cierta hosquedad y aspereza típicamente ibéricas. Un paisaje en el que también se desarrolla esa maravilla de serie que es 'Crematorio' (Canal+, 2011, y que La Sexta emitirá este año). ¿Alguién podría decir que no son productos genuinamente españoles? Con esas grandes intenciones, hay que lamentar que esta 'No habra paz…' no haya sido mucho más.

Y es que 'No habrá paz...' carece de algo que sí poseía ‘La Caja 507’: un gran guión. Aquí nos encontramos a Santos Trinidad, una suerte de cruce entre el Torrente más casposo y un Alonzo Harris (D. Washington en 'Training Day') castizo, paseándose por la línea que separa el bien y el mal con su cubata de ron, su calibre 38 y sus expeditivos métodos para hacer justicia. Un quijote borrachuzo, seco y violento. Sin embargo, a pesar de que Santos Trinidad tendría todos los números para formar parte del imaginario popular junto a otros héroes repulsivos como el propio Torrente, y villanos fascinantes como el Malamadre de ese otro genial thriller patrio que es ‘Celda 211’ (Daniel Monzón, 2009), el retrato de Trinidad está algo desdibujado, y es difícil empatizar más con él, a pesar del gran trabajo de un excelente Coronado, que parece haber encontrado en ese perfil áspero y violento (Trinidad recuerda mucho a Rafael Mazas) lo que Bruce Willis encontró en John McClane, es decir, una especie de mímesis entre actor y personaje.

Por otro lado, los personajes secundarios resultan planos y sosos, y algunos aportan poco o nada, como sucede con el de Rodolfo Sancho, compañero de Santos, que bien hubiera podido ser un Jake Hoyt (Ethan Hawke en 'Training Day'), pero que se queda en una simple comparsa. Por otro lado, la pretendida aspereza y negrura de la historia parecían pedir para la policía judicial algo más que el correcto debut de una cándida Helena Miquel (cantante de Delafe y Las Flores Azules) y la cara de osito adorable de Juanjo ‘Verano Azul’ Artero. Sirva decir que en la única escena del personaje secundario de Sancho Gracia en ‘La caja 507’ había más emoción y verdad que la que inspiran aquí todos los secundarios. Y así, el film se agota en la cruzada de su personaje principal, y en una trama estirada, falta de ritmo y de tensión, con demasiados huecos que el espectador (al menos, servidor) no es capaz de completar, acaso por déficit de atención. 

Pareciera que arrastrado por las carencias del guión, el Urbizu director tampoco parece dar con el tono ni el ritmo adecuados prácticamente en ningún momento, y ni siquiera la  ambientación, la gran baza del film junto a su personaje principal, es todo lo buena que podría haber sido.

Por todo ello, y aunque se me haga muy difícil porque aprecio profundamente la propuesta, no me queda más remedio que ponerle a 'No habra paz…' un aprobado justo y pedirle a Urbizu que siga transitando esta senda, pero la próxima vez con algo más de acierto.
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27/8/11

"Super 8" o el triunfo de la (falsa) nostalgia ochentera.


Hace poco cacé por TV el final de "Tiburon 3" (Jaws 3, Joe Alves, 1983). Y al ver cómo estallaban las mandíbulas del escualo al tragarse una bomba no pude por menos que esbozar una nostálgica y condescendiente sonrisa.

Hoy en día, a la gente le encanta decir que acaba de ver una película como las de los 80, aunque tengan apenas 20 años, pero mucho me temo que un thriller genuinamente ochentero sería en muchos aspectos infumable para el espectador medio actual, acostumbrado a un cine donde la calidad de una superproducción se mide por la factura de sus efectos especiales y lo trepidante de su acción, donde al guión sólo se le pide que sea correcto y repita los mismos arquetipos de siempre.

Al contrario de lo que leo por ahí, viendo “Super 8“ nunca tuve la sensación de estar viendo una película de los 80. Yo nací en el 80, y lo único que me recordó a "E.T." (Steven Spielberg, 1982) es por la cantidad de veces que he oído la comparación. Abrams debe haber creído que bastaba con poner a un grupo de niños aventureros (al estilo de “Los Goonies” (The Goonies, Richard Donner, 1985) o “Cuenta conmigo” (Stand by me, Rob Reiner, 1986)) rodando en super 8 para dotar de “ochentismo” a la película, lo cual no sé si tomarme como una muestra más de ingeniería comercial cinematográfica y un insulto a mi inteligencia como espectador, o como un intento honesto y fallido del bueno de J.J.

“Super 8” quizá sea el “E.T.” o “Los Goonies” de las generación actual post 11-S, con el mismo sentido de la lírica y la magia que “Monstruoso”, “REC” o “28 días después”. Películas todas estas que me encantan, pero cuya contundencia, carga violenta y sentido apocalíptico no ligan nada con el espíritu de aquellas. En este sentido, el film es más Abrams que Spielberg.

Ignoro si por cobardía, o simplemente por la natural inclinación actual hacia la desmesura, Abrams se vale de todo tipo de recursos actuales para hacer más digerible su pretendido homenaje: montaje trepidante e impecables efectos especiales “factoría Spielberg” tan excesivos e innecesarios como tanta acción y tantos golpes de sonido para generar sustos. Y es que en los ochenta, los trenes no descarrilaban así.

El cuadro lo completa un guión tan sólidamente arquetípico desde el primer fotograma que se le ven las costuras en exceso (traumas infantiles, elementos que se siembran y luego se recogen, secundarios que se ven venir de lejos, malos malísimos, chica rubia en peligro y protagonista al rescate, momentos lacrimógenos muy bien trenzados con pasajes de acción, moralina final, etc.). Todo ello hace que el film se deslice cuesta abajo empujado por una inercia que entretiene, pero que no excita ni sorprende. No confundamos lo que se hacía en los 80 con lo que se lleva haciendo desde los 80.

¿Y el monstruo? Bien, gracias. Ha sido muy bien conservado en el formol de nuestra curiosidad por una abrumadora campaña publicitaria, inteligente, prometedora y atractiva; incluyendo los carteles, casi lo mejor del film. Pero a pesar de tanto misterio, y de que efectivamente es inquietante, no era más que otro "monstruoso” alienígena, carente del carisma necesario, por mucho que intenten humanizarlo al final. De nuevo más Abrams que Spielberg.

En fin, un sólido producto comercial, más pretencioso que atrevido en su empeño de remover nostalgias ochenteras, y que no logró su objetivo en este humilde crítico. Demasiado anclado en el cine mainstream actual como para atreverse a revisitar de verdad los 80; demasiados homenajes y referencias, demasiado sabor a refrito como para respirar un mínimo de personalidad propia. Un buen film entretenido, pero que no queda.

Kenneth Turan, de L.A. Times, lo define mejor que yo: "Aunque efectiva por momentos, finalmente no es tan excitante o emocionante como nos gustaría que fuese (...) El problema de 'Super 8' no es que tenga mucho de lo que quejarse, sino que tiene poco por lo que entusiasmarse".
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16/8/11

Después de "Primos", "Amigos". La misma (poca) gracia. El mismo éxito.

¿Qué le pasa al cine español? ¿Y al público? No sé si será cosa del marketing, o de un público cada vez menos exigente, pero resulta que películas como “Primos” o “Amigos” (que no hagan “Hermanos”, por favor), se convierten en supuestos éxitos de público y en “la mejor comedia española del año”. Y servidor no entiende nada. No entiendo las carcajadas del público a mi alrededor, como no las entendía cuando ví la última de Sánchez Arévalo. Porque ni la una ni la otra tiene maldita la gracia. Porque no estoy hablando de tipos de humor, más o menos grosero o inteligente, estoy hablando de humor, así a secas, de su presencia o su ausencia, y la verdad, yo no se lo veo por ningún lado a ninguna de las dos. Pero vayamos con la que me ocupa ahora.
Gamberrada ingenua y blanca sin pizca de gracia, con un ritmo desmayado más cercano a la mencionada “Primos” que a “Airbag”, “Amigos” es tan cómica como su fotografía, inexplicablemente grisácea y mortecina. Ya desde los créditos, se intuye una falta de ritmo y de humor alarmante. La puesta en escena es lamentable, digna de ese medio televisivo que supuestamente pretende parodiar. Por cierto que si alguien esperaba una crítica abierta y ácida al mundo de la televisión, ya se puede ir olvidando, más que nada porque produce “la cadena amiga”.

Sigamos. No hay comedia de situación, ni ritmo cómico, ni sorpresas (salvo por los repetidos e impactantes atropellos, que se pusieron de moda hace tiempo y ya empiezan a cansar), ni una gestión de la información personaje-espectador que favorezca la comedia. Todo el humor se confía a unos diálogos tremendamente flojos y obvios, y hasta extrañamente ingenuos a veces (“Te has pasao…entera”, le dice Alterio a Goya Toledo en un momento del film), y unos gags igual de flojos y fallidos, cuando no simplemente zafios y de un mal gusto irritante, como sucede con la parodia del “caso Farruquito” (bastante desfasada, por cierto).
Y así, entre situaciones absurdas y esperpénticas deshilachadas entre sí, al estilo del peor Torrente y que flirtean, como aquel, con el humor casposo y xenófobo (¿algún peruando en la sala?), el film llega en su tramo final, donde para colmo, nos golpea con una moralina vergonzante, en boca primero de un patriarca gitano al que no sabemos muy bien qué crédito otorgarle, y finalmente de Víctor (Alberto Lozano), el personaje más soso y falto de carisma de toda la función.

Para rematar la faena, el film no sabe ni siquiera morir con dignidad, y ofrece un epílogo, y un giro, y luego un recontragiro absurdo, y al final se suicida con un gag con el que ya se había herido anteriormente.

En fin, entre “poco inspirada” y “de vergüenza ajena”, son muchos los calificativos que se me ocurren. Porque este tipo de películas son las que le dan el mal nombre al cine español, y aun más si les dan premios, como el del público que se llevó en el Festival de Málaga. Así nos luce el pelo.
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17/7/11

Tardío estreno en España de un maravilloso film francés sobre una niña marcada por la disfuncionalidad familiar y la torpeza de sus adultos


En la línea del mejor cine francés, "Stella" (estrenada en Francia en 2008) es un film intimista, un retrato del difícil paso de la niñez a la adolescencia, de sus problemas, y de su belleza, de una sutilidad, de una ternura y de desazón, que abruma sin caer en dramatismos maniqueos ni en truculencias barriobajeras.

1977. Stella Vlamink es una pre-adolescente de 11 años de un suburbio de Paris cuyo hogar es el bar de sus padres. Allí lo ha aprendido casi todo del mundo de los adultos que lo frecuentan (sobre poquer, sobre billar, sobre futbol, prostitución, peleas, etc.), pero apenas sabe nada de lo que necesita para aprobar en el colegio o para relacionarse con sus compañeros y con el mundo de ahí afuera. Sus padres no son la mejor ayuda en ese sentido.

Cuando empieza una nueva etapa escolar en un nuevo colegio, Stella se enfrentará, además de a sus limitaciones académicas, a sus carencias en el contacto con los demás, y se abrirá a un mundo nuevo para ella, el de los primeros problemas de la adolescencia como el primer amor o la amistad verdadera.

A través de la voz en off de la protagonista, el film hace un retrato familiar disfuncional y caótico. Stella es un pez fuera del agua, una niña en un mundo de adultos, y como tal, su educación ha sido muy diferente a la de sus compañeros de clase. No se trata de una niña maltratada, ni falta de cariño, sino de atención. Sus padres descuidan sus necesidades emocionales, la tratan como a un adulto mas y proyectan en ella sus problemas (su madre dice estar contenta con su vida, pero abronca a Stella por no estudiar como si se abroncase ella misma; su padre la quiere, pero casi siempre está ausente). Su hogar, el bar, es divertido, pero es un microcosmos caótico nada propicio para una niña de su edad.

Así, Stella se ha endurecido, se ha construido una fortaleza alrededor de su corazón para que nada de lo que vive a diario le haga daño. Pero sólo es una coraza externa. En el fondo, sigue siendo una frágil niña de 11 años, deseosa de recibir más atención, de encontrar una amiga con quien compartir. Y ese sutil abanico de sentimientos lo interpreta magistralmente la joven actriz Léora Barbara, que aguanta casi todo el peso del film, transmitiendo a ratos fragilidad, a ratos seguridad y otras veces hieratismo y una total desconexión de una realidad dolorosa.

En el fondo, la paradoja del film consiste en comprobar cómo una niña rodeada de mayores debe desaprender casi todo lo que ha aprendido de ellos en su corta vida para ganar la inocencia que le toca por su edad. Y es que “Stella” no habla de los malos tratos, ni por parte de padres ni de profesores, sino más bien de las continuas lecciones vitales y emocionales contraproducentes que puede recibir un niño de unos adultos superados por sus roles. Otra reflexión del film es que la escuela (la cultura en general, debemos entender) puede ser una oportunidad para formar personas, aunque sin embargo, no fueran los métodos descritos en el film (vigentes a mediados de los 70) los mejores para conseguirlo.

Con todo, "Stella" es uno de esos films que cuesta analizar desde sus apartados técnicos, pese a que apenas se puede criticar nada: una buena labor de realización, un magnífico desempeño de sus actores principales (atención al parecido más que razonable entre Benjamin Biolay y Benicio del Toro), una buena ambientación o su espléndida banda sonora. Sin embargo, como a cualquier película cuyo punto de referencia es la propia vida, sus heridas y su belleza, el film de Silvie Verheyde no debería ser juzgado sino desde la verdad de lo que cuenta. Y ahí también aprueba con nota. Por ello, me asalta una inquietante pregunta: ¿porque tardan tanto films como éste en encontrar un hueco en nuestra salas?

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